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sábado , 16 diciembre 2017
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El desorden y la plutocracia

José M. Tojeira

La violencia continúa matando. La pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo con salario decente y las endebles redes de protección social mantienen a una alta proporción de nuestra población en la desesperanza. Frente a ello un sector político de El Salvador parece inclinarse a promover el gobierno de los ricos. Desde muy temprano el partido ARENA, olvidándose de las elecciones legislativas, comienza su campaña presidencial, despreciando el espíritu de la legislación salvadoreña vigente que pone un término relativamente corto para las campañas presidenciales. Y entre sus precandidatos predominan miembros de familias millonarias. Al menos eso parece al hojear las noticias constantes de los dos periódicos supuestamente más importantes, y dedicados, según ellos, a dar noticias de verdad. ¿Pueden salvar los ricos a este país nuestro de sus dolores y problemas? La respuesta puede ser múltiple, y ya sabemos que entre los propios ricos domina la idea de que ellos son casi los únicos que hacen algo por el país. Pero la realidad, si la miramos con ojos abiertos no a las “noticias de verdad” de los periódicos sino a la vida de las grandes mayorías, no parece darles la razón.

Efectivamente, desde la irrupción de las oligarquías cafetaleras hace ya casi siglo y medio, el dominio de los ricos aumentó las desigualdades al mismo tiempo que la marginación y la pobreza de muchos. Cuando aceptaron reformas fue para refundar una sociedad dividida en gente con más derechos y personas con menos derechos. Por supuesto, dejando con menos derechos a las mayorías. Y así establecieron un sistema de salud para sectores medios, y otro, bastante más deficiente, para sectores populares. Una educación pública con severas deficiencias y una educación privada más abierta a la calidad, la disciplina y la exigencia académica. Pensiones para el 20% de la población y rebusca de remesas, o morirse de olvido, para el resto de los salvadoreños. Un sistema de justicia sensible al dinero y al poder, pero incapaz de enfrentar la plaga de impunidad que afecta a tanta muerte de los pobres. Un sistema político que es al mismo tiempo fuente de enriquecimiento personal para muchos de sus protagonistas, mientras se regatea la inversión social en temas básicos de desarrollo. Un régimen fiscal en el que los pobres y las clases medias aportan comparativamente más que los ricos y sus empresas juntos. Los gobiernos de los ricos han sido los que han dominado mayoritariamente la historia política de El Salvador y los resultados los tenemos a la vista. ¿Podrán los nuevos candidatos millonarios librarnos de esa historia de injusticia social? Por supuesto, todo es posible. Pero si de verdad no quieren prolongar el calvario salvadoreño, en vez de promesas y discursos deberían comenzar a buscar acuerdos interpartidarios para enfrentar los graves problemas que sufrimos, en vez de presentarse como salvadores individuales. Si vemos la historia de El Salvador tenemos que decir que los ricos, solos, no pueden cambiar las graves deficiencias nacionales, muchas de las cuales fueron creadas por ellos. Y si vemos el presente, también hay que decir que la así llamada izquierda tampoco puede encontrar soluciones estructurales a nuestro sufriente país. Si eso es así, solo acuerdos de desarrollo social serios e interpartidarios pueden sacarnos de este estancamiento injusto.

Para creer en los ricos es en primer lugar necesario que estén dispuestos a dialogar con los demás sectores, y especialmente con quienes tienen mayor representación respecto a los derechos de los más pobres. Pero no basta solamente eso. En muchos aspectos tienen que cambiar de cultura. No pueden darse el lujo de explicarnos como normal que grandes sumas de dinero vayan a parar a los paraísos fiscales. Un sistema bancario que está sistemáticamente catalogado como nido de corruptos, narcos y bandoleros no puede ser un destino decente para la plata de nuestros ricos como con tanta simpleza lo consideran algunos de nuestros amigos de la plutocracia. Si se trata de Alba Petróleos y sus cuentas en paraísos fiscales la noticia es crítica y sangrona, y está bien que así sea. Pero el trato es mucho más cordial, o simplemente silencioso e ignorado, cuando se trata de fondos de FUSADES, de donaciones de Taiwán, o de empresas “offshore” de los propios dueños de los periódicos de las noticias de verdad circulando por las Islas Vírgenes, las Bermudas y otros paraísos atiborrados de dineros ilícitos.

Para que creamos en los ricos y en sus posibles aportes al desarrollo de los salvadoreños deben dejarse de presumir de sus donaciones a los pobres y comenzar a pensar en estructuras sociales mucho más participativas, igualitarias y universales que las que tenemos. Deben asegurarnos que se recogerá más dinero del impuesto de la renta personal y empresarial que del impuesto que llamamos IVA. Necesitan decir públicamente que este país debe tener desarrollado y aplicado cuanto antes un impuesto al patrimonio y un impuesto predial. No pueden obviar ni omitir acuerdos que lleven la educación de calidad a todos los salvadoreños al menos hasta el final del tiempo que ocupa el bachillerato. Y precisan también comenzar a pensar y comprometerse con el diseño de un sistema único de salud, abierto a todos los salvadoreños, con una calidad incluso superior a la del actual Seguro Social. Y esto que les decimos a los ricos no es un programa de izquierdas, porque ni siquiera la izquierda lo ha tratado de llevar a cabo hasta el momento. Es simplemente un programa indispensable de justicia y decencia que se merecen todos los salvadoreños, gobiernen los ricos, las derechas o las izquierdas. Hasta ahora la herencia de las plutocracias que nos han gobernado durante tantos años no ha sido más que desorden, desigualdad y violencia. La izquierda no ha logrado poner orden en el desorden heredado. El acuerdo interpartidario serio y orientado a resolver los problemas reales de El Salvador es mucho más urgente que andar soñando con las soluciones nebulosas de una nueva plutocracia.

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