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miércoles , 13 diciembre 2017
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Desde la vivencia personal

Desde la vivencia personal

Luis A. Chávez

Escritor

“Ninguno de los personajes de este libro es imaginario;

todos ellos han sido armados con fragmentos de gente real…

los fragmentos, find sin embargo, son demasiados pequeños

para que sea posible reconocer por ellos a sus dueños”

John Kenneth Galbranith

 

Auscultar un texto para descubrir algunas de las razones que indujeron o influenciaron al escritor a plasmar un tema, tomando como base la ficción o lo grotesco, sometiendo a Eros en sus diferentes aristas, cuyo resultado sea la acechanza de Thanatos, nunca ha sido fácil.

No se puede objetar que las influencias literarias –benignas o malignas, vaya usted a saber- a veces provocan deslizarse a algún escritor aproximándolo al plagio, pero ello se descubre tarde o temprano… se necesita haber caminado largo trecho en la literatura para evitar hacerlo, aunque algunos se quieren pasar de listos, y con ello salir al paso de los pro y los contra de la crítica mal sana que al final envía a la picota al novel escritor o lo rescata de caer en el averno como Beatriz a Dante.

Con cinco novelas: El Feudo, La Cofradía del anillo, El violín de Justo Armas, El último Camarada y Desde el centro de la penumbra, Sergio Alfredo Flores Acevedo despunta como una de las voces más significativas de la última década y una de las plumas más prolíficas en la cultura literaria salvadoreña.

Destacaré que las novelas escritas por Sergio Alfredo Flores Acevedo –cada una en su contexto- brillan con luz propia en una aldea plagada de pseudo escritores roba flash cuya arteria se llena de ínfulas, pero no han pasado los linderos de un escrito que gusta y regusta.

Intentaré acercarme a los escritos de este joven abogado que se perfila como una promesa en la novelística policiaca del país, pues como el orfebre trabaja sus escritos y quien lo lea no parará de hacerlo hasta culminar alguna de ellas.

La Cofradía del anillo recrea las acciones de mentes enfermizas de los otrora escuadrones de la muerte, cuya técnica de tortura está plagada de bestialidad al liquidar a los “comunistas”, siguiendo directrices de un mayor del Ejército acusado de ser el hechor intelectual del asesinato de Monseñor Romero, además de haber fundado un partido político, convirtiéndose este texto en un homenaje al pastor de los sin voz.

El Feudo (Galardonada con el Concurso Literario Ingenio 2011 auspiciado por el Centro Nacional de Registro), nos envía en sus 168 páginas a revivir la historia reciente, nos habla de la lucha de clases, las oprimidas y reprimidas por los poderosos, quienes ven a El Salvador como una extensión de su finca de la que pueden hacer lo que les dé su regalada gana.

También nos traslada a los diferentes escenarios de la guerra cuyo legado fue más de 80 mil muertos y 8 mil desaparecidos, habla de la S2 de la Policía de Hacienda, la bomba puesta en el local de FENASTRAS (31/10/89) convirtiéndose esta novela, sin decirlo, en un homenaje a Febe Elizabeth Velásquez, a Clara Elizabeth Ramírez… además reseña la acumulación de riqueza de algunos sin importarles pasar encima de otros, del comportamiento despiadado del “Grupo” que no se lo piensa mucho para quitar cualquier piedra del camino.

Por su parte El último camarada –igual que las otras novelas- contiene pigmentos políticos y a través de sus líneas nos ubica desde la década de los 30 a la fecha, y como narrador omnisciente a Luis Díaz, quien conoce en persona a Feliciano Ama, a Agustín “El Negro” Farabundo Martí, a Miguel Mármol, recreando los atropellos y torturas sufridas en la cárcel.

Flores Acevedo usa la técnica epistolar, ubicándonos en la masacre del 32 y la ofensiva del 89 hasta culminar con la firma de los Acuerdos de Paz.

Sin perder el suspenso que caracteriza a la novela policiaca, Sergio Alfredo Flores Acevedo nos lleva de la mano con El violín de Justo Armas, título subjetivo, pues sus páginas son una apología a la guerra y al despotismo del gobierno de turno con sus eternos aliados, la oligarquía y los militares, bajo el auspicio de los Estados Unidos.

Esta novela abarca senderos oscuros cuyos protagonistas son los otrora miembros del Batallón Atlacatl, acusados de ser los autores de la masacre de El Mozote; también están las temibles pandillas que pelean por un barrio que no les pertenece y enlutan hogares humildes de obreros, vendedoras del mercado… pero que no se atreven a hacerlo con los residentes de las colonias arriba del Salvador del Mundo.

Cierra su ciclo –momentáneamente- con Desde El centro de la penumbra, cuyas líneas nos llevan a conocer cómo viven los sectores invisibilizados por la sociedad.

Me detendré un poco para aclarar que cuando Sergio Alfredo Flores Acevedo me entregó esta novela hubo un momento de indecisión por seguir leyéndola, pues la consideré decadente y falta de ficción, además de sentirla homofóbica; sin embargo me atrapó y aquí están estas líneas.

La más reciente producción

Desde el Centro de la penumbra inicia con el asesinato de un homosexual, la persecución de Carlos Noyola (homofóbico e hijo de una comerciante de Bienes y Raíces radicada en Estados Unidos) por parte del Agente Héctor Landaverde de la Sección de Investigaciones de la PNC, la acuciosidad de David El Gárgola, parte de los indigentes y la lucha diaria por sobrevivir en una jungla de asfalto donde impera la ley del más fuerte.

“Encontramos a cuatro cipotes callejeros durmiendo en una casa abandonada… estos vichos de la calle son vivos y por lo general no queman a nadie…pudieron haber visto algo, pero de seguro no querrán decir nada. En la escena del crimen se encontraba personal de Inspecciones Oculares de la PNC… esta muerta no es mujer, dijo el investigador”.

La vida pende de un hilo en Desde el centro de la penumbra, ya que por mucho que se rehúya a esa realidad vista desde los ojos de los “poderosos” residentes en zonas de alcurnia, aparece Beatriz salvando a Dante en los infiernos para reflejarnos como un video -sin tapujos- esa cotidianidad pegada al muro que no deseamos ver.

“A los seis años fue expulsado del lupanar, se convirtió (en uno más) de los niños que deambulan como fantasmas por las transitadas calles de la capital. En varias ocasiones aquel niño aprendió a defenderse por sí solo, aunque por su vulnerabilidad fue violado por un adolecente”.

Cada pincelazo de esta novela es un aguijón prendido a nuestra retina, un grito de “los de abajo” para decirnos “aquí estamos, no nos ignoren”: “Ante los demás no escondía su repugnancia hacia los homosexuales, aunque en su intimidad fantaseaba aventuras sexuales con parejas de su mismo sexo”.

Los “Hacelotodo” tienen un espacio muy de ellos, pues son los personajes centrales de una trama que muestra un corazón más grande que el polo terráqueo, ello nos permite evocar la parábola de la frase aquella de que da el que desea hacerlo y no el que tiene más.

“Dio una mordida al pan y tres tragos a la gaseosa. Llamó a Tintín para que se tomara el resto. Afuera, David El Gárgola repartió los dos pedazos de pan a La Tina y Patecuma –quien ya había realizado un pequeño hurto de cuatro panes franceses a una vendedora descuidada-. La manada había dormido en una cueva a orillas del (río) Acelhuate… Lentamente iniciaron su travesía por las intrincadas calles y Avenidas”.

En la novela que comentamos sobresale la doble moral de los políticos que se rasgan las vestiduras frente a las cámaras de televisión manifestando que apoyan cualquier moción cuyo fin sea proteger a la niñez de los malos tratos, pero al salir del local de las televisoras muestran su fobia hacia los “descalzos”.

“Al salir de la entrevista, ambas (legisladoras) se conducían –por separado- en elegantes camionetas de lujo, con guardaespaldas y chofer. Una de las dos mujeres se dirigió hacia una farmacia… Mientras corría en abierta carrera (David El Gárgola) el muchacho la empujó, la mujer pegó un grito… Cuanto malandrín anda ahora por la calle… ese delincuente robarme quería… pero que nerviosa me ha dejado ese cabrón”.

No existen palabras para describir lo duro que se nos dibuja la vida de los indigentes en las principales ciudades del país y la lucha diaria por evitar ser atropellados por “ciudadanos cuerdos” que los ven como animales:

“Temprano, los pequeños nómadas habían comido holgadamente las sobras que Patecuma y David El Gárgola habían hurtado de un reconocido restaurante de pollo frito. La misión de esa madrugada fue burlar a los trabajadores que todas las mañanas sacaban hasta diez bolsas de sobrantes de comida”…

Para quienes alguna vez hemos cruzado palabras con los “invisibilizados” de la sociedad, sabemos que manejan un lenguaje y modus vivendi muy de ellos, ya que para poder sobrevivir deben aprender a ser cautelosos:

“Señor, nosotros no tenemos nada que decirle, usted cree que si hubiéramos visto algo, nos hubiéramos quedado cerca del muerto, sólo un pendejo haría eso, y nosotros nos hubiéramos dado a la fuga, o acaso no conoce la ley de la calle”.

Flores Acevedo nos presenta escenas crudas –para algunas familias de abolengo inexistentes-, frases subidas de tono usadas en el “bajo mundo” de los “comelotodo”, quienes son vistos como piltrafas sin oportunidades y sueños truncados en un laberinto lleno de tranzas, pero donde también existen seres que reparten el agua que beberán para mitigar el hambre entre los suyos.

“David “El Gárgola” cruzó la esquina de la calle Celis… quería llegar hasta uno de los prostíbulos llamado “El dólar de oro”. Empujó la puerta de metal, afuera lo esperaron Patecuma y La Tina, mientras Tintín se sentó a la entrada del burdel. El hombre vestía un pantalón ajustado, una camiseta blanca y (en la cintura) un viejo delantal. Llevaba una escoba con la que comenzó a barrer… en el prostíbulo era conocido como La Lita”…

Esta es la realidad en el diario vivir de los “hijos de la calle” que ha sido mostrada en diferentes épocas y culturas distantes, entre ellos recuerdo a Lazarillo de Tormes, a Olivert Twis, Huele Pega (llevada a la pantalla grande).

La novela de Sergio Alfredo Flores Acevedo, sin caer en el amarillismo, pone el dedo en la llaga de los políticos para que busquen las herramientas necesarias y abran locales como la ex escuela Rafael Campos “Ciudad de Los Niños” (hablo de la administrada por Esteban “Teacher” Ibarra, Ángel Gabriel Valdez, los padres salesianos de la década de los 50-80) para rescatar a tanto indigente que deambula por la ciudad sin abrigo ni alimentos, y hacerlos hombres de bien en el futuro con oficio y estudio.

Cierro mi prólogo con una parte de la narrativa que Sergio Alfredo Flores Acevedo ofrece a la población salvadoreña, leámoslo y disfrutemos cada línea con un buen tazón de café, en tanto yo me deleito viendo la película Ciudad de Dios, la cual presenta otra realidad de las favelas brasileñas…

luischavezpoeta@yahoo.com

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