web analytics
lunes , 18 diciembre 2017
Inicio » Opiniones » Desde el Balmoral, en Montevideo

Desde el Balmoral, en Montevideo

René Martínez Pineda

Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

Vuelvo a decirlo: fuera bromas o insultos, Biff Tannen es, desde hace más de un año, el presidente legítimo de los gringos y el republicano torturador del migrante indocumentado que, debido a la pobreza o al miedo, ha huido de su república. Esa es una buena paradoja. Para nuestra mala suerte, Biff cada día tiene más cara de presidente apto para la reelección, y nosotros tenemos más cara de víctima. Eso lo vaticinaron los Simpson y Cantinflas -a su tiempo y en su tiempo- e, indignada ante esa situación, mi utopía social renegará -tres veces antes de que cante el gallo de la mujer oficial de algún General pedorro- del incienso místico que es ella cuando se me presenta casi como un símbolo de lo clandestinamente profano… y amanecerá con sus ojos extraviados y resecos y dispares, absolutamente decidida a abandonar mi imaginario debido a que es un jardín muy viejo para abrir sus pétalos en él. En esta fría y húmeda habitación de hotel antiguo que no quiere olvidar sus remotos días de gloria y glamour, solo recuerdos en conmemoración de su huida van y vienen; solo un girasol a media asta adivina el rumbo de lo que se nos viene encima si no logramos diferenciar entre votar y botar; entre pupusa y urna electoral.

Años de búsqueda de otra utopía social se avecinan o amenazan con avecinarse por falta de faros y brújulas y esdrújulas bien puestas y compuestas. Honduras es una palabra esdrújula desde que en ese país democracia es sinónimo de “ejército” y la oposición política es un clon de Antígona. Y esa utopía es una tormenta sin inquilinos que espera sentada la llegada de los santos peregrinos del deseo mutuo entre el pan y el hambre; entre el agua y la sed; entre el amor y el odio; entre el abrazo y la familia; entre el quiero y el puedo. Bestia a medio domar que se insubordina o se masturba por instinto bendito; que abre su ojo cuando ve pasar una silueta de acuarela que sonríe y que deseo se desnude en inesperadas fotos para revivir, a través de su arquitectura alejandrina, la nostalgia que provoca la distancia o el recuerdo… o el no me acuerdo. La nostalgia, alimentada por la distancia y el Tribunal Electoral hondureño, nos enseña que es cierto que odiamos el camino cuando estamos lejos de casa, o lejos de los principios que nos han traído hasta donde estamos en la actualidad.

Solo los principios y yo; yo y los principios en el duelo a muerte con el espejo, que es el lugar donde descubro la fórmula epistémica de los cuerpos como logaritmo natural de los sentimientos que no se pueden privatizar: la conciencia es igual a la masa de la nostalgia multiplicada por la velocidad al cuadrado de los recuerdos divididos entre el seno y coseno de la madre patria. Más exacto no se puede ser.

Sin embargo, creo que no era necesario remontar los Andes, ni viajar miles de kilómetros, para descubrir todo eso y todo aquello en las calles de un Montevideo indescifrable, a primera vista, cual hermenéutica de la revolución en pausa. Pero los mecanismos de desatasque de la memoria son zancudos raros, golosos y dolosos que pueden llevarnos a la locura de la comprensión sociológica con una sola picadura. Eso es. Es eso. Y entonces la locura que habita en mi cabeza toca la puerta, bienvenida sea la muy puta; la convido a una taza de café en pocillo para que platiquemos de cerca sin bajar la mirada ni subir la voz; y entonces –de nuevo esa necia conjunción como si quisiera advertirme de algún peligro- la insolente agonía cabalga por mi exigua mente y corro a sumergirme desnudo al Estigia, tan remoto e ignoto, para que me haga invulnerable a sus labios de sangre ardiente, mas siempre queda una parte de fuera, un talón de Aquiles en la mitad del indigente cuerpo o de la ingente memoria, y en ese momento caigo irremediablemente en la dulce tentación después de salir de la inmersión, letal y fulminante, persiguiendo el tango de una flor hermosa que abre sus pétalos inferiores en las latitudes fascinantes del Río de La Plata que desemboca en mi boca.

Todos saben, incluidos los imbéciles de oficio y los magistrados sin beneficio, que entre la locura y el raciocinio escojo, sin dudarlo, la locura y su oxidada belleza roja; saben que recorro a ciegas mi almario y su dudosa vecindad llena de mártires como fantasmas sin paz; saben que no puedo desafilar mis machetes desenvainados; o bautizar a mis demonios; o darle estabilidad a mis vahídos emancipadores; o exiliar mis múltiples suicidios tan cotidianos como platónicos, y eso es como hacerle una crítica epistemológica a la inspiración triunfante que se aleja de mis manos para luego regresar, de puntillas, convertida en diáfana metáfora, o en humeante libélula azul que revolotea como incienso de sándalo por mi memoria que está llena de las tres divinas personas que amo hasta lo indecible para darle solidez y carne y huesos y sangre a la utopía social que chisporrotea en los yunques.

Ah, mi cuerda locura, esa sacerdotisa del pájaro y la flor -como densa y hermosa territorialidad de las emancipaciones que no se pueden mercantilizar- me convierte en un indigente de la palabra, solo porque sí; me hace creer que no será tan terrible el abandono que me impone el interés compuesto de los bancos; y que serán inaudibles los ladridos de la angustia por la búsqueda necia de la justicia social y la verdadera nacionalidad de Gardel… y esa será la prueba irrefutable de mi ignota ingenuidad que muere de deseos en el presidio de la clandestinidad que la utopía esconde en medio de las piernas para que la lucha diaria por la vida no pierda su láctea tibieza.

Y vaya que sí me esforcé; vaya que sí sudé la gota gorda y la gota fría hasta el límite del abandono, de todo lo demás y todo lo de menos, para confiar en la reciprocidad del deseo de carne y huesos, y en las fiebres gauchas de quienes todavía recuerdan el furor y la risa furtiva sin condiciones, ni etapas burocráticas, ni gruesas epistemologías que nos dan permiso de sentirnos eruditos para olvidar que, a veces, somos estúpidos por acción, omisión, inflación… o por inevitable parodia en las redes sociales que abren nuevas disputas ontológicas.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: