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miércoles , 13 diciembre 2017
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El derecho inconstitucional a la herejía (1)

René Martínez Pineda *

Por pura curiosidad sociológica he hecho un recuento minucioso de los inventos más perversos de la historia de la humanidad (desde la invención de la cruz como método para asesinar con cristiana resignación y lavado de manos, hasta la cámara de gases para ahogar colores imborrables) aunado al recuento de los intentos excelsos por aplacar el patético sentimiento de culpa, alegando, como atenuantes, el descubrimiento de la rueda, la penicilina, el café, el fútbol y el sexo oral categórico. Lo curioso de los recuentos de esas cosas antagónicas es que no incluyen, al menos con la etiqueta idónea y el detalle de los efectos secundarios, el que para mí es, sin dudas, el invento que se convirtió, por mérito y oscuridad propia, en el más alevoso, atroz, poderoso y perverso instrumento de dominación de los cuerpos-sentimientos y las almas sin ser declarado como victimario. Estoy hablando del sistema de justicia que premia a la injusticia –cuya versión más infame es lo constitucional vicentino y su opción más dolosa es el abogado de oficio que trafica agonías- nacido de la invención, a conveniencia y destajo, del pecado con su flemática, burocrática y aristocrática división penal en pecados: triviales, mortales, falsificados y castos (los perpetrados en nombre del capital, ese dios celoso y omnipresente) y su fértil reglamento disciplinario de restricciones, sanciones, multas, destierros, suspensiones y expiaciones.

Denigrado, sodomizado, sin fuerzas ni colmillos por falta de testigos criteriados; en el olvido como aquellas estatuas de mármol de los próceres venéreos que el tiempo y la caca de paloma han mordido, pero que guardan, hasta en el último de sus átomos, la memoria, la amnesia y la maldición del que fue su poder originario, así está el sistema jurídico capitalista que, como carne de lo político y espíritu de la propiedad privada, surge del pecado original de la plusvalía que sigue envolviéndolo y oprimiéndolo todo, como subsunción formal o real del trabajo al capital; de forma fingida o franca; como arbitrario peine fino o como zaguán abierto de par en par que copia la amplitud del ojo de la aguja; que sigue siendo la determinante oficial de nuestra conciencia; que sigue prohibiéndonos el derecho constitucional a la herejía en tanto versión más extrema y honesta de la libertad de expresión que pretende ir más allá de la garganta o del papel… o del anonimato de los patriotas sin patria.

Todo eso lo comprendí mejor (pido permiso de ser el narrador protagonista) por los recuentos que hice y por el revuelo jurídico-moralista que desató, por acá, mi náutica afirmación de que los magistrados de la Sala de lo Constitucional son los caballeros templarios del capital (el cáliz) y de que esa Sala es la gendarmería del capitalismo; y, por allá, mi hallazgo de la primera mujer que se rasuró para siempre el mons Veneris (Monte de Venus), en los años 50 de un San Vicente que despertaba a lo urbano, por lo que fue bautizada por el cura de la ciudad (el día que, desnudo y ardiendo como el infierno, le exorcizó el demonio en el campanario) como “¡Juana, intimae calvitium, intimae calvitium a delirium!”, le gritaba, en pleno éxtasis, y después se supo que significaba, “Juana, la Pelona”; agravados, dichos revuelos, el primero y el segundo, por embustes y dicterios lanzados contra el indigente autor por aquellos cobardes que se ocultan en el grito y el tumulto anónimo. En ambos casos, y con distintos autores mediados por mí, se trató de reivindicar el derecho constitucional a la herejía, el de la Juana y el mío.

Siendo Juana, la Pelona (de quien hablaré otra día), apenas un descubrimiento que, por derivación sociológica, sirve para denunciar la doble moral del sistema jurídico y sus caballeros templarios (en tanto lo cuestiona y pone en evidencia), cierto es que en un sentido torcido pero crítico, la irreverencia de Juana fue un indirecto pronunciarse contra tal sistema jurídico, fue una amenaza a la estabilidad y a la fortaleza de los fundamentos morales del mismo, en particular en su versión de control del comportamiento individual y social usando el sexo, el lenguaje, los modales en la mesa, la impunidad y la apatía en la política como espadas desenvainadas. En ese sentido se compara con la afirmación herética que hace referencia a los caballeros templarios y a los artículos pétreos que frenan todo cambio significativo declarándolo inconstitucional. Vuelve al caso preguntarme, aquí y ahora y a estas horas, sobre la validez ciudadana del más grande monumento de mármol del país -el sistema jurídico- que es la catedral de la impunidad de los ricos y famosos y es, además, un testamento del anciano régimen de la dictadura militar y económica que es refrendado, periódicamente, por los fiscales de turno que, para que la conspiración sea tan exquisita como rotunda, están cortados con la misma tijera y tienen la misma cara de vendedores de pelotas playeras, cosa que tampoco surge en el recuento de inventos perversos. Resulta claro que todo lo que sucede se debe, fundamentalmente, a esa especie de severo tic nervioso que es un reflejo del sistema jurídico del pecado penalizado a discreción del juzgador que, de una o de otra forma, con todas sus secuelas, llevamos dentro de nosotros.

Los ataques y acusaciones más usuales que recibí, por suerte los más pacíficos, consistieron en decir que el autor de esas herejías (que sólo son descubrimientos históricos de un invento y de una acción irreverente), siendo, como públicamente se sabe que es, un indigente de la palabra y un ignorante de los asuntos jurídicos, no tenía ningún derecho a escribir sobre esos temas, con lo que me negaban el derecho a la herejía. A esos ataques y acusaciones, aparentemente irrebatibles, el autor del recuento de inventos perversos y descubridor del atrevimiento de Juana, la Pelona (una adelantada a su tiempo, una santa de la cultura), retomando el primario derecho a la herejía que tiene cualquier escritor, malo o bueno, para escribir sobre cualquier tema, se limitó a afirmar que, bien vistas y oídas las cosas, no había hecho más que escribir sobre algo que le atañía por formación, en tanto que, siendo causa y efecto de la cultura y la socialización, es, en todo y por todo, en lo que se refiere al plano del pensamiento crítico, un subversivo, aunque se defina a sí mismo, sociológicamente, como un indigente y en la vida común y corriente se comporte como tal.

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