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Jueves , 21 Septiembre 2017
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Democratizar la cultura debe ser una política prioritaria en El Salvador

Ramón D. Rivas*

Ramón D. Rivas*

Ramón D. Rivas*

Y es que han existido políticas culturales y de otra índole, salve pills y son de esas políticas “tipo privadas” que los funcionarios de turno implementan; pero estas no han sido de un alcance integral, site y han sido impuestas desde arriba sin tomar en cuenta las necesidades verdaderas de los habitantes. Muchas veces el Estado dice: ‘construyamos esta carretera, centros comerciales, este edificio’; pero ¿es eso lo que verdaderamente necesita la gente? ¿No será que necesitan salud, puertos, programas para levantar la autoestima, crear espacios de socialización en la forma de parques u otros, combatir en forma efectiva y creativa la violencia, etc.?  Lo otro es lo que podríamos llamar “la fragilidad económica de los estados y la falta de maduración de un proyecto de nación incluyente”. A esto se une la falta de educación, que no lleva a la población a tener un espíritu crítico. La escuela debe de ser un reducto de crítica a la cultura dominante y, a la vez, aprender a valorizar lo que la gente hace, manifiesta, crea y recrea en su propia comunidad. Debe ejercer un liderazgo cultural local. Es necesario que el Estado genere políticas culturales respetuosas e integradoras de las diferentes manifestaciones que ofrecen las comunidades y grupos culturales que conforman la sociedad nacional. Lo que vemos es que en la práctica lo que ha hecho el Estado es crear una diferenciación cultural; y sobre eso es precisamente que el Estado ejerce su dominación cultural. Lo que vemos es que la forma de dominación estatal ha venido  ejerciendo un racismo cultural basado en la tipologización de las culturas por el solo hecho de que está dominado por un grupo social (sea popular o de “clase”). La situación es que los Estados se han desnacionalizado en el ámbito cultural porque sus referentes no están en lo interno, ya sea la cultura indígena o campesina, sino que aún toman como eje Europa, los Estados Unidos y hasta México —como he apuntado antes—. Por todo eso es necesario dinamizar y valorar lo nuestro. Y es que con todo ello, si bien es cierto que en nuestro país hay una normativa en lo referente a la regulación del patrimonio cultural, aunque obsoleto  ya que data desde 1993, aún se constata un desconocimiento de su aplicación práctica. En este país, cada quien hace lo que quiere y son pocos los que piensan en la importancia de la cultura. Pero ¿qué podemos esperar si la educación formal no comprende en su currículo aspectos tan importantes para el individuo y la sociedad como es la cultura? Solo basta ver el bajo nivel de los formadores y, por consiguiente, de los que son formados. En muchos municipios del país, los alcaldes se toman atribuciones que no les competen; y la estatal encargada del trabajo en pro de la cultura, por su parte, cuando ordena no se cumple su mandato. Mucha gente hace lo que le da la gana, y la ley con su reglamento queda por un lado.  En este país hace falta formar al ciudadano; y la formación debe comenzar desde los primeros años. Hace falta una política cultural respetuosa e inteligente que enseñe al ciudadano a identificarse con sus creaciones culturales tangibles e intangibles, que lo aprecie, lo valore y, por ende, que lo respete, lo viva, lo haga suyo. Hace falta una política que tenga como finalidad promocionar y explotar al máximo el capital cultural nacional y municipal, fomentando la formación de grupos espontáneos que llenen de cultura toda la localidad.  ¿Y qué hacen nuestros embajadores en el mundo en lo referente a la promoción de nuestra cultura? Claro debe quedar que la cultura nunca es oficial. Lo que sí existe son políticas culturales oficiales. Pero la cultura le pertenece al pueblo, con sus distintas manifestaciones, consumos culturales, diversas iniciativas e incluso diferentes ideologías. En cuanto a la promoción de la cultura desde el municipio, es imprescindible la instauración de talleres municipales en donde se reflexione sobre la cultura local en forma persistente y con acciones concretas que, a su vez, servirían de motivación. Estas muy bien podrían ser los ejes fundamentales de dichos talleres. Muchos referentes de la cultura que tienen nuestras ciudades han quedado en el olvido; y en  muchos casos se inventan nuevos; y eso es malo. Soy consciente de que hoy en día existe una generación de jóvenes que dentro de su propia comunidad generan cultura, lo que sin duda es un orgullo y debe ser estimulado. Pero se ha preguntado usted: ¿qué saben muchos de nuestros alcaldes de cultura? Es por eso que urge entablar acciones coordinadas en forma creativa y con sentido de compromiso. Pero no hay que pecar por inocentes. En conclusión podemos afirmar que en este país —en lo referente a la cultura— es impostergable desarrollar una democracia cultural. En este caso, ya no es la cultura la que debe abrir sus puertas a los ciudadanos, sino que son estos mismos, es decir, nosotros, todos, los que nos debemos abrir al hecho cultural, integrándolo en nuestra vida cotidiana. Desde este argumento, lo que quiero decir es que la democracia cultural no es más que otorgar al ciudadano capacidad y responsabilidad a la hora de diseñar, desarrollar y ejecutar acciones culturales. Esto es, coparticipar como un igual, involucrarnos en la política cultural. Y es ahí donde se acusa todavía hoy el enorme déficit que existe, ya que la cultura se ha convertido en herramienta de conveniencia partidista. Hemos llegado al momento en el que la política cultural debe consistir en democratizar la cultura, pero para ello es necesario, ante todo, democratizar la política, devolvérsela a sus legítimos depositarios, los ciudadanos, de modo que deje de ser patrimonio exclusivo de un grupo social; o peor, que esté al servicio de un partido político. El ejercicio natural del ciudadano es la política; participar es el verbo que explica su acción como tal. En consecuencia, la política cultural supone el ordenamiento de la acción cultural pública, tomando como premisa básica la integración y participación activa y necesaria de los ciudadanos en su diseño, planificación, desarrollo y ejecución. Solo así podremos hablar de una efectiva democracia cultural. Esta sencilla filosofía —a mi juicio— debería de ser interiorizada y normalizada en la vida comunitaria de todos los salvadoreños; pero para ello hay que hacer aún mucho más: educarnos en historia y en cultura general, ya que solo así aprenderemos a valorar y, por ende, a conservar lo nuestro. La cultura, para una sociedad, es tan importante como el agua para la vida.   El ciudadano y la cultura deben recuperar el espacio político, urbano y rural que les corresponde, como actores fundamentales de la vida en comunidad y naturalmente como los creadores de la cultura con sus múltiples expresiones. Solo así podremos garantizar una sostenibilidad en la sociedad democrática que permita la convivencia en libertad y con una cultura incluyente para el beneficio y disfrute de todos. Por ello es interesante leer y analizar  el anteproyecto  de Ley de Cultura que la Secretaría de Cultura y Artes que el nuevo gobierno que inicia sus funciones del primero de junio del mes entrante, ha elaborado y que es único en la historia de este país y en Centroamérica ya que en este importante documento se presenta, la situación pasada y presente el acontecer cultural en nuestro país y a la vez la propuesta que justifica lo que hay que hacer en el marco de una sociedad participativa y con sed de identidad.

*Director. Dirección de cultura. Universidad 

Tecnológica de El Salvador

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