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Del orden neoliberal a la república democrática

Oscar A. Fernández O.

Corresponde, viagra sale como exigencia histórica, en el actual contexto de la crisis estructural que expresa el sistema político tradicional salvadoreño, reflexionar científica y políticamente sobre un aspecto fundamental como lo es el fundamento del Estado en la estructura del neoliberalismo, el cual,  a través de las estrategias de ajuste y mundialización de la economía, fue limitado en su naturaleza social, en su capacidad administradora de los intereses ciudadanos y en su soberanía, convirtiendo la democracia en un procedimiento formal que no abarca la garantía del bienestar humano, resultando en mero tramitador de los intereses de una exclusiva oligarquía económica transnacionalizada. Es pues un Estado de naturaleza burguesa, que hoy disputan indudablemente las fuerzas de izquierda y progresistas.

En este mismo sentido, la democracia se ha prestado a mucha confusión en el lenguaje político moderno, la variedad de definiciones (algunas de ellas a conveniencia de quienes dirigen el poder) provoca que se entienda y funcione de manera infortunada, pero para la explicación científica de lo político y la política, es fundamental, como el cuerpo humano para la medicina, o como la materia y la energía para la física. Saber, lo más objetivamente posible, su definición y sobre todo su funcionamiento en forma maximalista, nos llevará a entender sus posibilidades y límites. El ideal democrático, sostiene Sartori, no es totalmente la realidad democrática, ni la demostración real es totalmente ideal.

Hoy en día, parece ser que el concepto de democracia cada vez expresa menos. Para muchos no deja de ser solo una palabra, una expresión y un término que de vagar de boca en boca, se ha quedado afónico o simplemente es irreconocible, confuso. Al ciudadano común, de tanto percibir el uso y el abuso de la frase “democracia” en distintas arengas y visiones, a veces no le permite con claridad identificar políticamente a quién la utiliza, otras veces es empleada como un recurso demagógico para capturar la atención de las personas o para camuflar posturas ideológicas, que lejos de favorecer la participación del pueblo, limitan o condicionan esa posibilidad, conservando su ejercicio exclusivamente a los grupos de poder.

Una de las primeras reflexiones serias sobre la crisis de la democracia parlamentaria  decisionista y representativa, es el texto de Kelsen Esencia y valor de la democracia, escrito al término de la primera guerra mundial, en un momento en que muchos europeos volvían a pensar que democracia puede decirse de varias maneras y que tal vez haya otras formas de democracia mejores que la que se conoce con el nombre de democracia liberal. En ese texto se plantea ya la siguiente idea: salvar la democracia moderna obliga a profundizar la democracia representativa, o indirecta, realmente existente, en un sentido participativo. De ahí propuestas como la del referéndum constitucional, el referéndum legislativo y la iniciativa popular, son medidas frecuentemente replanteadas desde entonces y discutidas casi siempre que se reproduce en nuestras sociedades el “malestar democrático”.

La crítica de Carl Schmitt al liberalismo, podría resumirse en un único concepto: decisionismo. En su visión, decisionismo significaba lo opuesto al pensamiento normativista y a una concepción de la política basada en el ideal de la discusión racional. Como doctrina legal, el decisionismo sostiene que en circunstancias críticas la realización del derecho depende de una decisión política vacía de contenido normativo. Desde una perspectiva ético-política, sin embargo, la esencia del decisionismo no implica la ausencia de valores y normas en la vida política, sino la convicción de que éstos no pueden ser seleccionados por medio de un proceso de deliberación racional entre visiones alternativas del mundo. Valores y normas deben ser interpretados y decididos por quien detenta el poder. En su dimensión filosófica, el decisionismo de Schmitt es una reacción contra los principios de la crítica heredados del iluminismo.

En la era de la globalización capitalista, la interdependencia económica, la ampliación del “libre mercado” y los nuevos valores y estándares del “orden” mundial”, parece normal concebir al Estado y al gobierno sin ningún peso frente a la acción de los poderosos actores privados, los cuales han adquirido de manera exponencial, un peso desproporcionado en los últimos treinta años. Aquél ser humano que se definiera como el “animal político” es hoy el “animal económico”, al mismo tiempo que, toda cuestión política es vista como técnica. El aplastante peso del mercado global aparentemente marca el fin de las ideologías, donde un liberalismo “remozado” y su concepto de sociedad civil, trajeron el “fin de la historia” o como dicen algunos teóricos y políticos esotéricos e indescifrables: el más allá de izquierdas y derechas.

Marx por su parte, concibe a toda forma de Estado no democrático y no representativo de los reales intereses populares, como una enajenación de la justicia y de la verdadera libertad, como una negación sustancial de los intereses que debe representar y, por tanto, como una antítesis de la real y verdadera democracia.

En tanto, poder para la mayoría y por la mayoría, dirigido esencialmente a satisfacer sus necesidades materiales y psíquicas, deviene en la máxima manifestación de la democracia, ya que se plantea como esencialidad de su accionar, luchar por la igualdad social, eliminar las diferencias de clases y del propio Estado y, el logro supremo de la desalienación del ser humano.

Mientras, el pensamiento capitalista neoliberal postula que las potencias creadoras del ser humano se realizan mediante la irrestricta libertad de acción del individuo, el pensamiento democrático participativo, entendido desde el punto de vista dialéctico histórico, apunta que tales potencias se generan en el seno del colectivo democrático. Este ve en el ser humano las posibilidades de una relación, no solamente de conflicto, sino también de cooperación y solidaridad, en un colectivo cuya adición de uno más uno es más que dos.

El neoliberalismo ve con irrefutable horror, la posibilidad de que en una democracia participativa sea la voluntad de las mayorías la que decida sobre las minorías, algo que para un demócrata verdadero, constituye la esencia misma de la democracia. Para la ideología neoliberal el principio del gobierno de las mayorías, con respeto a las minorías, no es eficaz. No es funcional con el objetivo de concentración del poder económico -poder sobre los poderes en la sociedad posmoderna- en manos de élites transnacionalizadas.

La historia también demuestra, que la democracia capitalista ha servido como un mecanismo para legitimar el poder oligárquico económico, que además engendró al fascismo, una ideología autoritaria aún presente en la extrema derecha salvadoreña, que se expresa en la reorganización de la oligarquía para su lucha contra los cambios democráticos, la cual pretende hacernos retroceder al Estado de excepción, como resultado de su crisis orgánica. El fascismo, aparece entonces como una forma históricamente determinada, a partir de la cual, una oligarquía acorralada por sus contrarios, reorganiza su hegemonía sobre las demás clases de la sociedad e impone  nuevas condiciones de dominación (Gramsci: 1926)

A partir de los fundamentos teóricos, se argumenta que la democracia supone una idea del ser humano y de la construcción de ciudadanía; es una forma de organización del poder que implica la existencia y buen funcionamiento del Estado; implica una ciudadanía integral, esto es, el pleno reconocimiento de la ciudadanía política, la ciudadanía civil y la ciudadanía social, que no se reduce a elecciones.

Con Estados débiles y mínimos como el nuestro, sólo puede aspirarse a conservar democracias electorales. La democracia de  todos los ciudadanos, requiere de una estatalidad que asegure la universalidad de los derechos y el cumplimiento por igual de los deberes.

Repensar el Estado en un contexto de desmontaje del neoliberalismo, es tener la visión de un cambio fundamental, que supere tanto la lógica neoliberal como la neo-institucional, en el sentido de que los problemas de nuestras sociedades, no son esencialmente orgánicos o de la corrupción supuestamente consustancial al aparato público (se ha demostrado muchas  veces que hay aún más corrupción en las grandes empresas privadas)

El asunto del Estado en El Salvador, es promovido desde ésta visión reaccionaria por el discurso de la derecha recalcitrante, representada por ANEP y su partido ARENA, que representan la esencia de la anti política, al obstaculizar las decisiones estratégicas que nos harán avanzar como nación, esperando que con esto el esfuerzo del FMLN sea desmantelado.

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