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sábado , 16 diciembre 2017
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De secretos amores y quinto patio

Álvaro Darío Lara
Escritor y poeta

Recientemente di con la letra de una de las canciones mexicanas -y del repertorio popular  latinoamericano – más conmovedoras, cialis titulada “Secreto Amor”, click compuesta por el talentoso artista chihuahuense José Perches Enríquez (1883-1939), pilule una solemne y melodiosa música, que acompaña una sentida literatura, y cuyo intérprete mayúsculo ha sido el barítono Hugo Avendaño.
La canción narra el amor incontenible, demencial, de un individuo hacia una amada, que aparece como inaccesible, por las hondas divisiones sociales que se yerguen entre ambos. Las leyendas en torno a esta pieza artística, aseguran que fue inspirada en un hecho real, donde el susodicho, muere, fulminado por un sentimiento que le desborda completamente, hasta llevarlo a la extinción.
Y si se repasan estos versos, uno no puede esperarse menos: “Oh, mi dulce quimera, /Delirio eterno/Del alma mía, / Mi pecho ansía/ En su dolor/Sólo un beso de amor. / Un cruel dolor me está matando/ Tristísimas evocaciones, / De imposibles ilusiones/Hieren, ¡ay! mi corazón/”.
Todo esto me lleva a las canciones que hacían suspirar y reír a mi abuela materna, cuando lavaba su ropa. Tengo tan presente la melodía de Quinto Patio, como si fuera ayer: “Por vivir en quinto patio/desprecias mis besos/ un cariño verdadero/ sin mentiras ni maldad /El amor cuando es sincero/ se encuentra lo mismo/ en las torres de un castillo/ que en mi humilde vecindad/”.
Naturalmente era Luis Alcaraz, y con él, al igual que con Perches Enríquez, es el amor que no tiene realización, debido a la sociedad, que levanta sus muros infranqueables entre dos almas que probablemente se buscan, sin llegar jamás a estrecharse tórridamente. Es la historia también que ha alimentado a la gran literatura, a la gran poesía, y a la gran música de todos los tiempos.
Asimismo estamos frente a una forma pretérita de amar, de enorme ilusión idílica, donde el hecho físico era casi mítico. Y donde, toda la relación, marcada por este terrible platonismo, transcurría en tarjetas, cartas perfumadas, discos, que iban y venían entre los enamorados. Desde luego, en este escenario, la figura de los terceros era crucial, para mediar, esto es: llevar recados, aconsejar e informar sobre los estados de ánimo de la amada o el amado.
La música, las ocasiones festivas, los paseos furtivos, la calle misma, se volvían el ámbito de un mundo de intensa magia, que se ha ido desvaneciendo, en la medida que la sociedad ha dejado atrás los excesivos convencionalismos y la tradición romántica graficada en las acciones referidas.
Por supuesto, que en el quinto patio, es decir, en la vecindad, en el mesón salvadoreño, como lugar donde moraban numerosas familias pobres del pasado, las pasiones, y los amores que eran imposibilitados por las férreas barreras sociales, alimentaron todo un rico e intenso anecdotario, que se reforzaba con las historias de la gran pantalla, con las fotonovelas, el cancionero popular, y en general, con una forma de amar, que ha cedido, al paso de lo inmediato, de lo superficialmente utilitario.
Atrás, quedó, entonces, ese tiempo maravilloso, evocado por Perches Enríquez y por Alcaraz, y cantado para siempre en aquel lavadero del patio de mi antigua casa, donde mi abuela, más allá de la muerte, sigue sentenciando melódicamente: “Y aunque ahora no me quieras/ yo sé que algún día/ me darás con tu cariño/ toda la felicidad”.

 

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