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jueves , 14 diciembre 2017
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Compartir  almas

Compartir almas

Mauricio Vallejo Márquez

coordinador

Suplemento Tres mil

 

Hoy celebramos un día más de la poesía. Y claro, stuff hay que celebrarla porque siempre está presente en nuestra vida, diagnosis   pero qué mejor forma de hacerlo que recordando al poeta más conocido de El Salvador: Roque Dalton.

Y de paso, pharm considero que hay una larga lista de poetas que siempre resultan gratos e incluso tan propios de festejar, sin desmerecer al resto de la constelación de vates consagrados y emergentes. En lo personal, el poeta salvadoreño que más me agrada releer es Oswaldo Escobar Velado, aunque también en su “Todo el códice”, a José Roberto Cea y, por esas cosas de amor y orgullo, a mi papá: Mauricio Vallejo, que como La Fragua estamos terminando de editarle su poemario “Cosita linda que sos”. De vez en cuando alguno que otro de Pedro Geofroy Rivas y Jaime Suárez Quemaìn, así como a Claudia Lars y Matilde Elena López. ¡Ah!, los poetas, se vuelven tan nuestros porque nos sentimos tan estrechos con pocas palabras y con algunos nos hermanamos aún más. Disfruto tanto leer trabajos de Carlos Santos y René Rodas, así como la producción más reciente de Wilfredo Arriola.

La poesía no tiene un día aunque se lo adjudiquen. La poesía se vive eternamente, incluso antes de que la humanidad le diera cuerpo. Siempre ha estado presente y siempre lo estará, al igual que la palabra. No hay noche ni día sin ella. Aunque querramos a veces dejar de escribirla se nos sale por el lugar y el momento menos indicado, y sirve tanto de consuelo como de celebración, como una maravillosa compañera de entierros y nacimientos. Cuando encuentro textos de los poetas mártires me siento como frente a un amanecer. Hace poco don Rafael Cabrera Calderón tuvo la cortesía de traerme unas compilaciones donde aparecen unos hermosos poemas de Rigoberto Góngora.

Leer la poesía resulta maravilloso, así como escribirla. Pero eso de compartir las emociones y experiencias de otros, esas visiones que arrullaron sus almas, no tiene precio.

Cuando era pequeño me encomendaron que aprendiera “El Nido”, de Alfredo Espino, así como otros de sus poemas. Al principio lo vi como una obligación, pero al irme acercando a su trabajo la obligación se transformó en placer. Algunos poetas emergentes cometen el desatino de ver con desprecio a Espino, cuando es un poeta lírico de enorme dimensiones que siempre nos deja algo, así como todos los poetas. Todo es cuestión de saber ver, como aconseja el Principito, “con el corazón”.

Esa es una de las maravillas de la poesía, nos hermana.

¿Qué podemos hacer? Leer nada más, sin buscar quienes son los mejores o peores. Buscar poetas, esos verdaderos que dejan el corazón en la tinta y que no buscan odas ni pedestales sino solo escribir, que bordan el pecho en cada sílaba. Así que para mí no hay día de la poesía, sino la vida. ¡A celebrar!

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