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Jueves , 21 Septiembre 2017
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Cambio en los hábitos y las costumbres individuales

Luis Armando González

Usualmente, sovaldi cuando se analizan fenómenos sociales graves la mirada se suele poner en lo estructural e institucional, es decir, en lo que está más allá de cada individuo en particular. Hay razones de peso para ello.

Y es que los individuos no flotan en el vacío, sino que están sometidos a múltiples condicionamientos que, muchas veces, los obligan a hacer cosas que no quieren. Conocer esos condicionamientos es el paso previo para erradicarlos o cuando menos realizar sobre ellos los contrapesos necesarios para disminuir su incidencia sobre los comportamientos individuales.

Ahora bien, ese reconocimiento del peso de lo “macro” (estructuras, instituciones) sobre el comportamiento de los individuos no supone descargar a éstos de su propia “esfera de influencia” y en consecuencia de su propia responsabilidad en muchas dinámicas sociales.

Por supuesto que hay quienes gustan hacer de los individuos “marionetas” de unas circunstancias que se les imponen desde fuera y sobre las cuales no es posible resistencia alguna. Es decir, hay quienes gustan de anular cualquier capacidad de opción personal, en nombre de un determinismo estructural o institucional del cual no hay escapatoria.

En esta óptica, las personas  siempre son forzadas a comportarse de la manera en que lo hacen (siempre son “víctimas” de las circunstancias), no pudiendo achacarles ninguna responsabilidad por lo que hacen o dejan de hacer.

Por el lado contrario están quienes sostienen una visión según la cual  todo depende del individuo: sus éxitos o fracasos, sus buenas o malas acciones, etc., son siempre responsabilidad suya, sin que quede lugar para los condicionamientos sociales, económicos o culturales en sus acciones u omisiones.

Ambas visiones, tomadas por separado y de forma extrema son equivocadas. Porque no se tienen que negar los condicionamientos estructurales o institucionales para afirmar la responsabilidad individual, y a la inversa: tampoco aceptar dichos condicionamientos significa negar la responsabilidad de las personas.

Ambas cosas coexisten, con distinto peso según los individuos, y también según las circunstancias en las que estos se encuentran.

Desde la segunda situación señalada –el reconocimiento de los condicionamientos que no diluye la responsabilidad de los individuos— se puede apuntar la necesidad urgente que existe en El Salvador de que las personas (en los que les concierne como individuos) asuman, con seriedad, su responsabilidad en el deterioro de la convivencia cotidiana, y que –asumida esa responsabilidad— cambien drásticamente esos hábitos y costumbres que son justamente un factor de deterioro en la convivencia social.

Está bien culpar al sistema educativo, al modelo económico, al entramado institucional, etc., por lo mal que nos ha ido en los últimos tiempos y, según la opinión de muchos, por lo mal que nos va en estos momentos. Pero de eso a seguirnos comportando como salvajes en nuestra cotidianidad hay un enorme trecho que, cada uno de nosotros, puede caminar de manera distinta a como lo solemos hacer.

Por ejemplo, no violentar las leyes de tránsito es algo que depende de nosotros como individuos. Nadie nos obliga a exceder ciertos límites de velocidad ni tampoco a cruzarnos los semáforos en rojo. Eso lo hacemos movidos por nuestros propios impulsos, deseos y valoraciones de lo que es correcto o no.

Incluso, el buen sentido y el sentido común nos indican que no tenemos que hacerlo porque con ello arriesgamos nuestra vida y la de los demás.

Pero lo hacemos, quizás creyendo que con eso nos adelantamos a los demás (somos “más vivos” que ellos), sin caer en la cuenta de que esos comportamientos seguramente serán realizados por otros y que la suma y multiplicación de acciones individuales negativas se convierten en problemas sociales que nos afectan a todos.

Y son muchas las acciones individuales negativas (tirar basura, orinar y defecar en cualquier parte, talar árboles, amenazar a otros, no ser corteses, etc.),  que, al sumarse y multiplicarse, nos han llevado a una situación crítica de convivencia social.

Ser mejores personas, tener un buen trato con quienes nos rodean, olvidar agravios, no vivir de la venganza, respetar la palabra que se da, no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan, no molestar gratuitamente a otros… estas y otras acciones son asuntos que están al alcance de cada persona concreta, no cuestan dinero y mejoran la convivencia, de lo cual resulta siempre un mayor bienestar para cada individuo y para quienes lo rodean.

Salir a la calle y sentirse amenazado por cualquiera y ser una amenaza para cualquiera es lo peor que nos puede pasar en El Salvador. Este país de miedo, incertidumbre y hostilidad es lo que hemos construido y seguimos manteniendo con nuestros malos hábitos y nuestras malas costumbres individuales.

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