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viernes , 24 noviembre 2017
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Bosques y Medio Ambiente

José M. Tojeira

Hace unos días conversaba con un importante empresario de El Salvador que me manifestaba su satisfacción por las posibilidades de colaboración entre el Ministerio del Medio Ambiente (MARN) y las actividades productivas del agro. Su participación en el Consejo Nacional de Sustentabilidad y Vulnerabilidad le facilitó conocer la capacidad de observación climática y medioambiental del Ministerio y las posibilidades de una alianza positiva en favor de la productividad y la defensa de nuestros ecosistemas. Otros empresarios se han comprometido con el cuido de zonas protegidas en las que se ha detenido la deforestación. Evidentemente estos esfuerzos no sólo son positivos, sino también indispensables para un futuro climático que de momento no es el más prometedor para El Salvador. El calentamiento global está afectándonos ya, y simultáneamente el problema de la deforestación sigue avanzando en El Salvador. Sobre estos temas ha aparecido precisamente este mes de Enero recién pasado un informe realizado conjuntamente por la CEPAL y la Unión Europea titulado “Cambio climático y políticas públicas forestales en América Latina. Una visión preliminar”. Por considerarlo de interés, y por dedicar algunas páginas directamente a El Salvador lo citaré con cierta profusión.

Para comenzar hay que decir que el informe trata bien al Ministerio del Medio Ambiente en sus políticas y esfuerzos. Pero algunos de los datos que se desprenden del informe requieren a mi juicio un apoyo más decidido a políticas medioambientales más intensas y de largo plazo. Para empezar el informe destaca que “los bosques en El Salvador, que en 1990 contabilizaban 377 mil hectáreas, se han reducido hasta 265 000 hectáreas en 2015, a razón de 4,5 mil hectáreas anuales de transformación en ese periodo (FAO, 2015)”. Esto quiere decir que nuestros bosques, además de reducirse año con año, ocupan hoy un porcentaje del territorio salvadoreño bastante bajo. En los últimos 25 años se ha perdido aproximadamente un 30% de la superficie boscosa que El Salvador tenía en 1990. La labor protectora de los bosques, tanto para atemperar el clima como para mejorar la no erosión de la tierra y mantener en niveles adecuados la capa freática se vuelve cada día más importante. Porque, nos dice el informe, “en el Salvador se esperan aumentos en el nivel del mar y en la temperatura promedio de la tierra, con gran variación espacial en la lluvia y eventos frecuentes de lluvia extrema. También aumentará la frecuencia de las sequías y se reducirán drásticamente los flujos de los ríos en la estación seca. Los registros evidencian que los ciclones tropicales que han afectado al país desde 1961 hasta el año 2011 han aumentado en frecuencia media y magnitud en precipitación. En dos años, entre 2009 y 2011, los estragos fueron de 1 300 millones de dólares o 6% del PIB (2011), las principales amenazas son deslizamientos e inundaciones y falta de cobertura arbórea (Cabrera y Amaya, 2013) (El Salvador, 2013)”. Aunque el 2016, al ser un año relativamente seco, no ha causado graves estragos, salvo algunos derivados de la sequía, los riesgos de inundaciones persisten.

Entre las causas de la deforestación el informe señala una variación importante: “Los procesos de deforestación, antes asociados a la expansión de la agricultura, actualmente se producen en zonas de creciente concentración poblacional, industrial y comercial. Hay una menor demanda de tierra agrícola y un aumento de la demanda de tierra para urbanizar afectando bosques y manglares y también existe una pérdida forestal asociada a la demanda por leña y madera (El Salvador, 2013)”. La madera continúa siendo un importante medio de producción de energía, indispensable a veces tanto para hogares pobres como para pequeñas empresas. Pero en general la degradación ambiental ha tenido más bien rostro urbano en El Salvador, aunque persistan formas negativas asociadas a los viejos modelos agroexportadores y a la producción campesina marginal.

Con todo y ello, el hecho de que un importante sector empresarial esté participando en el Consejo referido, y el hecho también innegable de que la conciencia ecológica, a través de las iglesias y de otras instituciones, esté calando en los sectores campesinos empobrecidos, ofrece una perspectiva al menos esperanzadora. Comenzar proyectos estratégicos y serios de reforestación, además de otras tareas medioambientales, con participación de productores, municipalidades y el MARN es una tarea que debemos apoyar e incluso exigir. Contemplar las grandes extensiones de montaña de clara vocación forestal, que en verano aparecen como zonas semidesérticas, no es más que visualizar un futuro lleno de amenazas. Los bosques tienen mucho que ver con la garantía de agua potable para todos en El Salvador. Y la amenaza de escasez de agua potable cada vez cobra más fuerza en El Salvador. El papa Francisco en su carta sobre el medio ambiente decía: “El acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos. Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable”.

La fecha en que podemos tener graves problemas de escasez de agua está cerca. Enfrentar el problema recurriendo a una reforestación activa y sistemática durante los próximos 20 años contribuirá sin duda a aminorar un problema que de darse tendrá gravísimas consecuencias para El Salvador. Todos somos responsables con los bosques y con las tierras de vocación forestal, hasta hoy despobladas y erosionándose. Hay algunas buenas noticias, incluidos los esfuerzos de algunos productores de café, así como la buena recepción en la Asamblea Legislativa de la propuesta de ley hecha por el Arzobispado de San Salvador y la UCA. La minería a cielo abierto ciertamente es enemiga de los bosques. Ojalá que las buenas noticias del Consejo Nacional de Sustentabilidad se conviertan en políticas urgentes respecto al medio ambiente, sean apoyadas por todos, y podamos ver cómo florecen de nuevo nuestros bosques, promesa clara de un futuro mejor.

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