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domingo , 17 diciembre 2017
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Blanco y negro

José M. Tojeira

Si hay algo pésimo para la ética es ver todo en blanco y negro, en oposición total de colores, en bueno o malo, en ángeles y demonios. Es cierto que puede haber algunas personas que con sus actos empujen a muchos más a verdaderas atrocidades. Lo mismo que hay personas que en medio de los desgarramientos sociales más crueles son capaces de entregar su vida pacíficamente sin prestarse al odio o a la violencia. Pero la mayoría de los seres humanos no somos ni héroes ni encarnaciones del mal. Y por lo mismo estamos llamados a convivir, a buscar soluciones fraternas, a impedir que se abuse de la dignidad humana, a elegir a veces no lo perfecto, sino lo imperfecto que pueda ir mejorando con el tiempo, con la educación y con el esfuerzo de todos. Pero eso sí, negándonos radicalmente a lo que conduce al odio creciente, a lo humillante, a lo que niega la dignidad de todo y cualquier ser humano. Pero en El Salvador abundan, lamentablemente, quienes gustan de los colores contrapuestos, de la oposición frontal, de la división entre héroes y villanos.

Algunos hablamos de justicia transicional respecto a los gravísimos crímenes del pasado. Pero como van las cosas parece que demasiados o no quieren nada de justicia (se conforman con el perdón y olvido famoso), o quieren que los criminales se pudran para toda la vida en la cárcel. No importa la experiencia de Sudáfrica y de tantos otros países, hasta llegar a nuestra amiga y vecina Colombia, que ha optado con claridad por la justicia transicional como camino de reconciliación social. Es cierto que los partidos acaban haciendo pactos cuando no les queda más remedio, como ha pasado ahora en el tema de pensiones. Pero hasta que han pactado, el malo siempre era el otro, sometiendo a la ciudadanía a una tensión inmerecida y bastante absurda. Obligados por la realidad después presentan el pacto como una muestra maravillosa de solución política, mientras el sistema de pensiones continúa siendo un privilegio de minorías en el país y no un derecho y una prestación universal. En otros temas, especialmente si no son urgentes, vuelve la dinámica del bueno y el malo, preferida no sólo por los políticos, sino también por muchos “opinólogos” y diversos entusiastas de la condena ajena y la defensa de lo propio.

Entre nosotros es difícil comentar la violencia y señalar las diversas responsabilidades, especialmente de los más fuertes, sin recibir ataques. Si atacamos a la maras no hay mayor problema, porque estamos acostumbrados a condenar efectos y no causas. Si decimos que la violencia nace en la familia tampoco se enoja nadie, porque la familia es débil y porque nadie se siente responsable del poco apoyo que se le da a la familia en cuanto tal. Para colmo, además, pensamos que la preocupación por la familia es obligación sólo de las Iglesias. Pero si decimos que hay demasiado rico egoísta y con demasiado poder real en El Salvador, y eso genera desigualdad y violencia, entonces resulta que somos comunistas. Si decimos que el estado, en la medida en que permite abusos de autoridad, tiene parte de la responsabilidad en la violencia actual, nos estamos plegando a la derecha y estamos defendiendo a las maras. Si acusamos a algunos policías de malos tratos o ejecuciones extrajudiciales estamos mintiendo, somos poco serios y no tenemos en cuenta a los policías que mueren en acto de servicio.

Cuando buscamos soluciones nos solemos poner tan idealistas que olvidamos la complejidad de los problemas, la necesidad de ir escalonando pasos, de evaluar cada paso que damos, cada inversión que hacemos, de aprender de las experiencias exitosas que a veces comunidades emprenden por su cuenta y que llevan a buenos resultados. Y por supuesto creemos que salir de la pobreza, del subdesarrollo y de la polarización paralizante no deben crear la necesidad de sacrificios. Que si apoyamos al mercado automáticamente saldremos de la pobreza. Como si las mágicas soluciones del ganar-ganar se dieran sin que los ciudadanos tengamos que hacer mayores sacrificios en el área de impuestos, en el mejoramiento de los salarios, en la lucha contra la corrupción o incluso en el trabajo duro y complicado de limpiar de corruptos a nuestros propios partidos. El blanco y negro no existe ni en la política ni en el desarrollo de los pueblos. Avanzamos haciendo alianzas, emprendiendo proyectos de realización común, evaluando y mejorando tras la evaluación los propios pasos dados hasta el presente.

Somos muchos los que creemos en un futuro mejor para El Salvador. Pero por alguna razón desconocida no logramos ponernos de acuerdo. La tradición autoritaria, la costumbre de convertir el poder en una fuente de beneficios individuales, los intereses económicos convertidos en el nuevo ídolo de oro al que se sacrifican víctimas con toda tranquilidad, las ideologías cerradas y la incapacidad mental de salirse de ellas, pueden ser algunas de las razones. Que todos debemos ser más autocríticos es sin duda cierto. Que el diálogo debe ser un instrumento eficaz también es real. Que nadie está satisfecho con que tantos y tantas salvadoreños estén excluidos de prestaciones sociales y salariales dignas también es objetivo. Tal vez es tiempo de hacer propuestas realistas, donde todos tengamos que poner un poco de esfuerzo e incluso de sacrificio, para conseguir ese bien común del desarrollo sostenible, que de momento y entre nosotros es el menos común de los bienes. La ONU definió en 1999 la cultura de paz. El conjunto de valores que la constituyen fue aprobado por la Asamblea General de ese mismo año. Allí se hablaba de liberar la generosidad. Y se definía esa liberación generosa como la tarea de “compartir el tiempo y los recursos materiales para terminar con la exclusión, la injusticia y la opresión política y económica”. Si los representantes de todas las naciones lograron ponerse de acuerdo en eso tal vez los salvadoreños podamos hacer un esfuerzo, uniendo metes y corazones en torno al bien común, y también lo consigamos.

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