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lunes , 23 octubre 2017
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BALANCE DE 2014 (I)

Luis Armando González

El año 2014 tiene un punto de arranque importante en las dos jornadas electorales que llevaron al triunfo del FMLN –y sus candidatos a la Presidencia y Vicepresidencia de la República, site salve Salvador Sánchez Cerén y Óscar Ortiz, ailment respectivamente—. Los resultados de estas dos jornadas electorales posicionaron de una manera bien definida a las fuerzas de derecha del país ante la segunda gestión presidencial del FMLN (2014-2019). El proceso político nacional tiene dos trasfondos ineludibles, que le añaden complejidad: por un lado, el contexto social del país, marcado por dinámicas de violencia, inseguridad, deterioro ambiental, exclusiones seculares (que se expresan en las condiciones de marginalidad  y pobreza en que viven sectores significativos de la población), y la vigencia de una cultura individualista, competitiva e insolidaria.

La cultura predominante,  neoliberal y globalizada, marca decisivamente los comportamientos y actitudes de la gente, convirtiéndose en un fuerte obstáculo para el necesario “cambio de mentalidad” que debe operarse en El Salvador en el horizonte del Buen Vivir. Este “cambio de mentalidad” se está abriendo paso, pero no sin dificultades, gracias al compromiso y esfuerzos de quienes, en diferentes ámbitos de la sociedad, trabajan no sólo por un nuevo paradigma cultural, sino por nuevos paradigmas en lo social, lo económico, lo político y lo ambiental.

Por otro lado, un contexto económico fuertemente determinado por un modelo económico terciarizado (centrado en los servicios financieros, los seguros, el comercio y el turismo), poco tecnificado productivamente, con bajos niveles de inversión y sin capacidad de dar respuesta a las necesidades laborales de la población.  Y, asimismo, un contexto económico caracterizado por el deterioro en las condiciones de vida de amplios sectores de la sociedad, especialmente de las capas medias, que no logran recuperarse de los efectos de la crisis económica internacional de 2007-2008.

No es inoportuno apuntar que tanto en el contexto social como en el contexto económico de El Salvador se hacen presentes dinámicas estructurales que se han venido configurando a lo largo de la historia del país y que, en ese sentido, algunos de los problemas sociales y económicos más graves requieren de soluciones de carácter estructural, pues de lo contrario sólo serán tratados con medidas paliativas que dejarán inalterados los mecanismos que los generan. La apuesta por el Buen Vivir reclama una atención impostergable a las dinámicas estructurales (principalmente económicas y socio-naturales), que determinan –y no sólo condicionan— las posibilidades de realización de las personas, sus familias y sus comunidades.

1. El horizonte del Buen Vivir

Sin duda, la gente padece de diversas maneras el impacto de esas dinámicas estructurales; y, por lo general, la inmediatez y la dureza de ese impacto llevan a exigir soluciones inmediatas sin considerar que, a lo mejor, esas soluciones pueden comprometer (o posponer) una solución permanente –estructural— a los problemas que afectan la vida de las personas.  Intereses ocultos y no tan ocultos, llevan a la derecha política, empresarial y mediática a manipular las necesidades urgentes de la gente y a presionar al gobierno para que dé soluciones inmediatas a problemas complejos, sin considerar la poca viabilidad, intrascendencia o costos de mediano y largo plazo de las “soluciones” exigidas. No toda la gente se ve atrapada en las “redes de la manipulación inmediatista”: sectores críticos de la sociedad –ubicados en las clases populares, y las clases medias— hacen resistencia a esa manipulación, clamando por cambios profundos en la estructura social y económica salvadoreña.   

Cada vez se hace más evidente que esas soluciones, además de apuntar a lo estructural, deben ser orientadas y conducidas desde el Estado. Es claro que no cualquier Estado puede asumir una responsabilidad como la planteada arriba. Debe ser un Estado no sólo fortalecido financiera e institucionalmente, sino inspirado en una visión de servicio y de compromiso con el Bien Común. En el momento presente, ese Bien Común se concreta en el Buen Vivir, que es el ideario –la cosmovisión, el paradigma— que el Presidente Salvador Sánchez Cerén impulsa como marco orientador de valores y principios estratégicos de su gestión presidencial. Precisamente, ese es el horizonte –de una gestión presidencial orientada por el Buen Vivir— que se abrió al país con el triunfo electoral del FMLN en 2014. Y, como se dijo antes, es con las dos jornadas electorales mencionadas que arranca, políticamente, 2014.

2. Elecciones: la primera vuelta

El FMLN y sus candidatos a la Presidencia y Vicepresidencia de la República mostraron su fuerza en la primera vuelta de las elecciones de 2014; en la misma, fueron los requisitos de la legislación electoral salvadoreña los que impidieron que se proclamaran ganadores. Desde el inicio de la campaña que culminó en esa primera vuelta, las cartas jugaban a favor de Salvador Sánchez Cerén y Óscar Ortiz. El partido ARENA y sus candidatos (Norman Quijano y René Portillo Cuadra) tuvieron serias dificultades no sólo para posicionarse como figuras potables, sino para sumar los recursos y apoyos de una derecha que no lograba recomponerse desde 2009 –cuando perdieron el Ejecutivo ante el FMLN y su candidato de entonces, Mauricio Funes—. De alguna manera, ARENA llegó a esa elección sumergido en una crisis institucional sin precedentes, de la cual –pese a distintos esfuerzos de “renovación”— aún no ha podido salir. El desenlace crítico de las fracturas en ARENA se tuvo en primera vuelta electoral de 2014, en la que la fórmula integrada por Norman Quijano y René Portillo Cuadra salió derrotada ante la fórmula del FMLN (48.93% de votos para el FMLN versus 38.96% para ARENA).

3. Segunda vuelta: el modelo de la derecha venezolana

Para la segunda vuelta, las cosas cambiaron en ARENA. La campaña sucia y agresiva, los chantajes a la población y unos recursos financieros y logísticos inusitados se hicieron presentes. Un manto de ilegalidades y bajezas marcan esa segunda vuelta electoral para ARENA y, en conjunto, para las fuerza de derecha del país. Las fuerzas de derecha, políticas, económicas y mediáticas, se aliaron y sumaron esfuerzos para la campaña. Se trató de una campaña sistemáticamente diseñada para ocupar todos los espacios de debate y de opinión, asesorada por figuras políticas y mediáticas de la derecha venezolana, orientada a amedrentar, inventar realidades y manipular a la población para que no votara por el FMLN y sus candidatos.

Fue tan influyente la derecha venezolana que incluso una parte de la campaña sucia se orientó a destacar e inflar aspectos de coyuntura que se vivía entonces en Venezuela, los cuales, según sus auspiciadores, generarían miedo en el electorado salvadoreño.  El mensaje era: “si gana el FMLN, El Salvador será otra Venezuela”. La derecha salvadoreña se empleó a fondo para ganar; sus dirigentes, sus ideólogos, sus asesores internacionales y sus financistas estaban seguros de que así sería, pues habían cuidado todos los detalles y habían invertido recursos suficientes para ello. La estrategia surtió efecto en amplios sectores de la población, siendo la clase media la principal destinataria de la misma. Pero tal estrategia no alcanzó para ganar. En la segunda vuelta, el FMLN consiguió la mitad más uno de los votos válidos y se alzó con la victoria, siendo legitimado su triunfo por la legislación electoral vigente.

El crecimiento electoral de ARENA, en la segunda vuelta, dio lugar a dinámicas perniciosas para la democracia salvadoreña. Lo primero es que ARENA y la derecha se valieron de prácticas que bordearon la ilegalidad –cuando no fueron abiertamente ilegales— para conseguir votos. Al conseguirlos –con la complicidad de los medios de derecha y de los voceros de la derecha empresarial—, hizo ver ese caudal electoral como una muestra de su fuerza, obviando los medios ilícitos empleados para conseguirlo.

Segundo, ARENA –en virtud del crecimiento en sus votos— desconoció no sólo la fuerza electoral del FMLN (olvidando el casi millón y medio de votos obtenidos por el FMLN sin estratagemas ni manipulaciones o chantajes al electorado). Al desconocer la fuerza electoral del FMLN, ARENA menosprecio su fuerza política y jugó a desafiarlo agresivamente en las calles, sin reparar en las graves consecuencias de ello para la democracia en el país.  Y tercero, ARENA se consideró con el derecho –secundado por sus aliados mediáticos y por voceros de la derecha empresarial— a exigir la victoria, para la cual montó una campaña de reclamos, incluso en la calle, que estuvieron a punto de llevar al país a un grave conflicto socio-político.

Esto fue sumamente peligroso, pues ARENA y sus aliados –siguiendo el modelo de la derecha venezolana— pretendían hacerse reconocer como ganadores sin serlo, para lo cual pretendían convencer a la población de que, mediante el fraude, les había sido arrebatado el triunfo. Repitieron hasta el cansancio esta “verdad” (que habían fabricado mediáticamente); tanto así que sus miembros más fanáticos se la terminaron creyendo, al punto de resistirse a aceptar los resultados cuando ya eran oficiales y definitivos. El capítulo siguiente, una vez que no hubo forma de revertir el resultado de la segunda vuelta, fue la  deslegitimación. El lema  mediático que se enarboló fue: “ARENA no ganó, pero casi”. Y “el FMLN ganó, pero su triunfo no es legítimo, pues ARENA casi lo alcanzó”.

Detrás de esta forma de argumentar estaba, por un lado, el espejismo del crecimiento en los votos de la primera a la segunda ronda; por otro, el desconocimiento de la legitimidad que da la legislación electoral a quien obtiene la mitad más uno de los votos; y, en tercer lugar, la resistencia a ser gobernados por un Presidente y un partido que representan algo opuesto a lo que son la derecha política, empresarial y mediática.   

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