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ATRAYENDO EL ÉXITO

Dr. H. Spencer Lewis (No. 2) (Pasado Imperator de la Antigua y Mística Orden Rosae Crucis, diagnosis AMORC)
El deseo de alcanzar el triunfo

Puede que hubiera estructuras particulares, no sólo en Egipto, sino también en Roma y Grecia, de individuos que alquilaban esclavos para edificar mausoleos, tumbas, o algo personal, que azotaran a sus esclavos, y quizá las muchas estructuras en ruinas que aún se ven por toda Europa, y tantas otras, ruinosas, edificadas en fecha muy posterior a las Pirámides, pero que hoy difícilmente pueden reconocerse, fueron construidas por hombres que trabajaron bajo el azote, hombres que no tenían inspiración ni amor en esa empresa. Pero las cosas duraderas en todo el mundo hechas por los hombres, desde la extraña Torre inclinada de Pisa que, no obstante su inclinación no se cae nunca, hasta los magníficos templos del saber, del arte, de la religión, de la ciencia y la belleza –eso no fue hecho por esclavos, sino por fieles adoradores del arte en el que trabajaban.

Hoy en día sucede lo mismo. En nuestros tiempos modernos tenemos el mismo deseo de alcanzar triunfo, poder individual, poder de clase, poder nacional e internacional. Tenemos el mismo anhelo de que se nos otorgue reconocimiento, de lograr algo y de obtener algunas de las comodidades que ofrece la vida. Y vemos que los que están alcanzando éxito o atrayéndolo,  son los que laboran fustigados principalmente por el amor, el imperativo de la inspiración y el impulso constante del deseo intenso de superarse.

No se puede reducir el éxito en la vida a un solo elemento, ni reducir la felicidad a una fase nada más de expresión emocional. No se puede decir que la pena o el sufrimiento tienen su fórmula o que la riqueza sigue una norma. No se puede medir el éxito por igual para cada individuo, pues es cosa entera y exclusivamente personal. El triunfo para una persona posiblemente no lo es en el mismo grado para otra.

Tampoco va acompañado todo triunfo de riqueza. Aquello de que carecemos es a menudo lo más tentador, y rara vez entendemos la verdadera naturaleza de las cosas, especialmente de las materiales, hasta que las hemos adquirido. Ni aun podemos comprender la vida misma hasta que hemos bebido de su copa el sabor amargo. Pero con frecuencia, aquello que parece evadirnos, es lo que quisiéramos poseer.

Los que no buscan la riqueza

Hay algunos que no buscan dinero especialmente, aun cuando todo lo que hacen puede ayudarles a aumentar lo que tienen. No es el aumento de la riqueza el verdadero impulso sino el deseo de lograr, de alcanzar la meta que se han señalado en la vida, e ir todavía más lejos.

Hay también otros que no tienen riqueza sino únicamente están a cubierto de las necesidades, pero albergan una sensación de seguridad de que siempre tendrán qué comer y un lugar donde descansar y dormir. Tal vez no buscan riqueza, pero pueden estar poseídos del fuego de una ambición que no pueden calmar aun si se deposita a su nombre en cualquier banco una fuerte suma. Conozco hombres que viven en casas mediocres arrendadas, que no cuentan con las comodidades modernas, a excepción, posiblemente, de una pequeña radio, y que no hacen intentos por poseer lo últimos objetos de moda de que disfrutan los vecinos. Puede que ni siquiera tengan un automóvil regular y, sin embargo, no buscan riqueza ni las comodidades y lujos modernos. Pero buscan algo, están inquietos y vigilantes. Cuando hablo con algunos de ellos en mi oficina, me recuerdan a los centinelas de épocas pasadas, que durante largos intervalos de tres y hasta cuatro horas permanecían en una atalaya, como las que he visto al Sur de Francia. Hombres que vigilaban si a la distancia veían aproximarse un ejército aun en tiempos de paz. Sus ojos siempre atalayando el horizonte, escuchando lo que se les diga, pero a la vez pendientes de captar cualquier sonido extraño como el trotar de corceles.

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