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Miércoles , 20 Septiembre 2017
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El año en el que el Rey James sofocó la revolución de los Warriors

Buenos Aires/dpa

No fue un mate espectacular ni una asistencia ni un tiro imposible sobre el final: la jugada símbolo del título de Cleveland en la temporada 2015/2016 de la NBA fue el tapón que le colocó LeBron James a Andre Iguodala y que empezó definir el séptimo partido y la serie a favor de los Cavaliers contra Golden State.

Con ese salto desde atrás cuando nadie lo esperaba, cuando el juego estaba empatado 89-89 a menos de dos minutos para el cierre del definitivo encuentro en Oakland, “King” James no sólo evitó que los Warriors sumaran una canasta fácil y se colocaran al frente en el marcador. Además, sirvió para terminar de ganar la batalla psicológica contra sus adversarios, que no anotaron más puntos y quedaron estacados en ese fatídico 89.

Un triple posterior de Kyrie Irving que enmudeció al Oracle Arena a 50 segundos del cierre y un tiro libre de James pusieron las cifras definitivas y le dieron el ansiado anillo a Cleveland.

El significado de la tapa de James también se puede trasladar al resto de la serie. El “Rey” sofocó la revolución de los Warriors, que con su juego alegre y de tiradores parecían encaminados al bicampeonato. Dos triunfos cómodos como local y una victoria en Cleveland los habían dejado con tres match points, con dos partidos en casa por delante.

Si a lo largo de la temporada habían cosechado sólo nueve derrotas y habían superado el récord de los Chicago Bulls de Michael Jordan de 72 triunfos y 10 caídas, ¿alguien podría ganarles a los Warriors tres partidos seguidos en una semana?

Si nadie en la historia había podido revertir una desventaja de 3-1 en una final, ¿estaban los Cavaliers en condiciones de hacerlo ante Stephen Curry, Klay Thompson y compañía?

Tal vez sólo LeBron James confiaba en que ambas respuestas podían ser positivas.

Dos veces campeón con Miami Heat, James se debía el reto de hacerlo en el equipo de toda su vida, a un puñado de kilómetros de su Akron natal.

Se había marchado a miami en busca de la gloria que sentía que no la podía lograr en Cleveland y, cuando la consiguió, no dudó en retornar al hogar, a pesar de los malos momentos y las críticas que había provocado con aquella partida.

El año anterior, unos Warriors muy en forma y una serie de lesiones en sus Cavaliers lo habían dejado en inferioridad para luchar por el ansiado anillo, aunque vendió muy cara su derrota.

En 2016, ya no dejó pasar la oportunidad. Con Irving como escudero y con obreros como Kevin Love, JR Smith y Tristan Thompson para dar una mano, James encontró la fórmula para dar combate.

Del resto se encargó su liderazgo y personalidad. El séptimo partido lo coronó con su único triple doble de la final, con 27 puntos, 11 asistencias y 11 rebotes. Pero durante toda la serie estuvo al borde de ese promedio, para culminar con números para el asombro: 29,71 puntos, 8,86 asistencias y 11,28 rebotes. No dejó margen de dudas para ser reconocido como el MVP (jugador más valioso) de la definición.

Tras el final, James se arrodilló sobre la cancha y, con la frente pegada al suelo, lloró de emoción mientras la alegría se desbordaba entre sus compañeros y técnicos. “Cleveland, esto es para ustedes”, dijo la estrella de los Cavaliers. “Estoy deseando volver a casa”, agregó.

“Traté siempre de tener la mente positiva. Estábamos enfocados, cambiamos nuestra filosofía y finalmente ganamos unos partidos espectaculares y estamos ahora en el libro de récords”, añadió.

Tras un festejo en Las Vegas, James y sus compañeros fueron recibidos como héroes por los fanáticos de Cleveland, una ciudad que hacía 52 años que esperaba un título en alguna de las Grandes Ligas estadounidenses, desde que los Browns ganaron en la NFL (Liga de fútbol americano) en 1964.

La deuda estaba saldada. El Rey James había cumplido su promesa de regresar a casa con un título y había sofocado la revolución de los Warriors.

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