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lunes , 25 septiembre 2017
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Alma, no me digas nada

Álvaro Darío Lara

Poeta y Escritor 

Leer poesía, see no rx no escucharla, porque los intérpretes suelen hacer trampa, como bien sentenciaba Álvaro Menén Desleal, es una dicha suprema. Escribirla es un don. Vivirla es el cielo, al que sólo acceden los santos bienaventurados, es decir, no la alza despiadada que sigue vigente en el Vaticano.
Pero, de  lo que se trata ahora, en estas quinientas palabras, es referir a uno de esos santos de la poesía universal, quien además, la escribió magistralmente: don Juan Guzmán Cruchaga (1895-1979), poeta y diplomático chileno, que habitó entre nosotros, en dos ocasiones, en razón de su carta de embajador en el ya finado siglo XX.
Como bien nos ilustra nuestro muy querido Ricardo Lindo, don Juan Guzmán, es el padre del famoso juez, Juan Salvador Guzmán Tapia (1939) que tiene el grandioso mérito de haber sido el primer hombre de leyes en procesar al monstruoso general Augusto Pinochet, por sus horrendas violaciones a los derechos humanos.
Como el poeta austral, encontró en Hugo Lindo, Claudia Lars, Salarrué, Trigueros de León, a verdaderos hermanos y amigos, y como quiso, entonces, mucho a El Salvador, su hijo, nacido en esta tierra, se llamó, Salvador. Así relata don Richard.
La poesía es un centauro, afirmaba Ezra Pound, el genial poeta, al que los norteamericanos, ultrajaron, metiéndolo en una jaula, al final de la segunda guerra mundial, sólo por haber sido un entusiasta propagandista del fascismo en Italia. ¡Qué ignorancia! Lo que es no conocer a los poetas. Es un centauro, porque es razón; pero también porque es bestialidad, dulce y bendita bestialidad. Por ello, García Lorca insistía  en aquello de que era poeta “por la gracia de Dios –o del demonio-“, advirtiendo que también lo era “por la gracia de la técnica y del esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema”.
Desde temprana edad, esa intuición, tan natural en el poeta, lo lleva al  mágico asombro del mundo y de las palabras. El poeta se asombra. Dos poemas breves, causaron en mi pubertad gran arrobamiento: “Canción” de don Juan Guzmán y “Ventana” del inmortal nicaragüense Alfonso Cortés.
Canción es tan pequeña, que cabe en cualquier bolsillo y en el corazón: “Alma, no me digas nada/que para tu voz dormida/ya está mi puerta cerrada. /Una lámpara encendida/esperó toda la vida/tu llegada. /Hoy la hallarás extinguida. / Los fríos de la otoñada/penetraron por la herida/de la ventana entornada. /Mi lámpara estremecida/dio una inmensa llamarada. /Hoy la hallarás extinguida. /Alma, no me digas nada/que para tu voz dormida/ya está mi puerta cerrada”.
Con este bellísimo poema, con “Ventana” de Cortés, o con “Amor constante más allá de la muerte” de don Francisco de Quevedo, qué maravilla sería cerrar los ojos, ante este mundo tan dorado como una naranja, pero tan feo y vil, como una cizañera beata de reclinatorio.
En “Canción”, reclamamos a nuestra propia alma, evasiva, doble, tardía en el espejo del tiempo. También es la ansiada llegada del amor glorioso, cuyo gran pecado es la inevitable escarcha del hoy. Poemas como “Canción”, nos devuelven a la inocencia primera, insuflándonos radiante luz. La poesía así, es insustituible. Gratitud para esta canción, y un romance de agua pura, para usted, estimado don Juan, don Juan Guzmán Cruchaga.

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