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viernes , 15 diciembre 2017
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Al oído del señor Presidente

Guido Castro Duarte

Han pasado más de tres semanas desde el día de la toma de posesión y las aguas han vuelto a su cauce, sovaldi la fiesta ha terminado y las miserias de este país han vuelto a salir a la superficie, health y ahora, ya son responsabilidad suya; ya no son de Funes, ni de Saca, ni de los 15 años de ARENA.

Frente a un país destruido por el mercantilismo salvaje, hundido en la miseria, en el que los niños se siguen muriendo de desnutrición, de diarrea y de neumonía, en el que las niñas tienen que vender su cuerpo para llevar el pan de cada día a sus hermanitos y los niños limpian vidrios, venden fruta y hasta se prostituyen con los degenerados que pululan por la calle; en el que los “empresarios” siguen queriendo poner la pauta de  la vida nacional, ahora a través de sus “Enades”, Usted tiene que tomar una decisión que marcará para siempre su gestión gubernamental: o está con el pueblo o contra el pueblo, medias tintas ya no valen, tibiezas no se aceptan, o se es o no se es.

Usted ha dado muestras de verdadera y ejemplarizante austeridad, pero eso no basta, toda su administración debe reflejar y seguir su ejemplo, porque los ciudadanos seguimos viendo caravanas extravagantes, gastos innecesarios, plazas abusivas, “asesorías” corruptas, “arreglos” legislativos oscuros, etc.

Señor Presidente, todo tiene que cambiar, porque de lo contrario, con el tiempo, el pueblo volverá a repetir el viejo dicho de los tiempos aquellos: “la misma mica con distinta cola”, en clara referencia al General Salvador Castaneda Castro.

Sus visitas al Hospital Rosales y a la escuela de Ojos de Agua en Huizúcar, le revelaron que las cosas no han cambiado mucho. Ciertamente, no es fácil cambiar una realidad de más de doscientos años, pero hay que comenzar ya. Las retóricas y frías cifras pueden decir una cosa, pero la realidad in situ es otra. Agua, salud, caminos vecinales, seguridad y educación, deben ser sus prioridades. No puede gobernar un país enfermo, ignorante y amenazado por una guerra social. Tiene que recuperar la dignidad nacional, la dignidad de todos y cada uno de los salvadoreños, y la dignidad de El Salvador frente al mundo. El aparato estatal debe ordenarse, la burocracia no puede seguir siendo el freno del desarrollo ni fuente de corrupción. Los funcionarios y empleados públicos deben llegar a esos puestos por méritos y no por simples lealtades políticas, porque todos los salvadoreños con sus impuestos son quienes pagan todos y cada uno de los salarios y gastos del Presupuesto Nacional. Señor Presidente, rodéese de los mejores salvadoreños, sin importar su color político o partidario, escuche solo a quienes aman al País y no se deje envolver con cantos de sirena de quienes solo buscan su propio beneficio.

Pase a la historia como un verdadero estadista, no como un presidente más. Que la gente lo recuerde con esperanza, conviértase en un referente con el cual, cualquier futuro mandatario, deba compararse. Ampárese en la justicia, no solo en la ley, sujétese a la institucionalidad, sea inclusivo y que nunca le tiemble la mano para aplicar la ley, le afecte a quien le afecte.

Escuche a la gente, nunca se olvide de sus orígenes, no abandone sus ideales, no ignore a su gente, asuma los dolores y las esperanzas del pueblo, luche por ellos contra los poderes establecidos.

Muestre al pueblo, con su ejemplo personal, que la familia es la base fundamental de la sociedad y que a la mujer se le respeta a partir del respeto de la propia esposa.

Brinde a los jóvenes salvadoreños un motivo de esperanza, ofrezca a la juventud algo más que violencia, incertidumbre y emigración. Sin juventud El Salvador no tiene futuro, evite que nuestra sociedad envejezca, apueste por la vida y no por la muerte. Señor Presidente, nunca he hablado con Usted y quizás nunca lo haga, pero espero que estas palabras lleguen hasta Usted de forma personal, no por comentarios de algún asesor, y que estas ideas entren a su corazón como las palabras de un amigo. Le deseo todo lo mejor es estos próximos cinco años.

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