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lunes , 11 diciembre 2017
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El agua no tiene color

El agua no tiene color

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y coordinador Suplemento 3000

 

Tenía tanta fascinación al ver aquel rectángulo celeste. No sabía que era una piscina, ni siquiera me imaginaba que pudiera ser agua aquello que brillaba en medio de todo aquel rancho donde la arena volcánica iba cambiando de intensidad conforme se acercaba al mar.
Bueno, para ser sincero tampoco el mar me resultaba conocido. Todo ese horizonte de agua que rugía con ternura mientras el sol le sacaba chispas sobre su superficie.
Antes de llegar me habían dicho que iríamos al mar. Creo que era mi primera aventura en el océano o al menos la más consciente, porque existen fotografías de mis viajes cuando aún no hablaba mucho y todos los protagonistas se miran más jóvenes. Pero, saber que vamos al mar resulta diferente si llegas y ves algo más que no te habían contado. Al principio, mientras bajábamos por la carretera mi mamá me dijo: «Todo eso que ves entre el cielo y la tierra es el mar». No miraba bien, pero todo aquel brillo me pareció majestuoso y me moría de ganas por verlo de cerca. Y al enfrentarme a eso raro en los oídos cuando viajas mucho se me hizo menos tedioso porque esperaba el mar.
Pero, aquel trozo de océano me resultaba natural; mientras la piscina no me lo parecía. Pensé que podía caminar sobre ella. Así que como todo niño al ver que las hojas flotaban y no se hundían, me animé a dar un paso. Quizá quise ser como aquel personaje del que había oído que caminaba sobre las aguas. Solo recuerdo ver que mi zapato se comenzó a llenar de agua y el resto de mi cuerpo se sumergió en aquella piscina, mientras agitaba mis brazos y solo veía salir ligeros hilos de agua que me recordaban la escarcha del refrigerador, y las hojas naranjas y amarillas que se agitaban entre mis manos. Cerré los ojos.
Aquella cercanía de la muerte vuelve cada vez que pasa algo parecido, ese momento irremediable que no logras explicar pero que ves como seguro. Esa mañana creí despertar de nuevo con la voz nerviosa y agitada de mi madre, un profundo alivio del sujeto que creo me sacó al decir: «respira».
De ahí solo tengo presente cuando comencé a devolver el agua que me tragué y veía de nuevo la tormenta de hojas y agua que ya no era celeste sobre el concreto. Y ese día en que me ahogaba descubrí que el agua no tiene color.

 

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