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Miércoles , 20 Septiembre 2017
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Abajo en la quebrada

Abajo en la quebrada

Roberto Henríquez

Escritor

 

Bajé las decenas de gradas esculpidas toscamente en el suelo de tierra con una extraña sensación en todo mi cuerpo. Al llegar a mi destino, un serio policía se acerco a mí preguntándome a secas:

-¿Que desea señor?

-Soy de la prensa respondí, mostrándole entusiasmado  mi carnet de empleado de un reconocido periódico nacional.

-¡Ah ya veo!, tiene que esperar a que el sargento salga, El es el único que esta autorizado a dar declaraciones de lo sucedido, me dijo.

-¿Cuanto tiempo tienen  ustedes de estar por aquí? Pregunte.

-Más o menos cuarenta minutos señor, recibimos una llamada de alguien que no quiso identificarse, tuvimos dificultades para llegar porque como usted sabe la delegación policial se encuentra un tanto retirada del caserío y  el acceso no es muy fácil que se diga.

-Entiendo, le dije.

-¡La muerte se pasea por este lugar! Agrego dramáticamente el policía.

-Fíjese, solo en esta semana han ocurrido seis homicidios en la zona.

Bajando un poco la voz y cubriendo a medias su boca con la mano derecha me explico:

-Este va a ser el séptimo o quizá el octavo, la verdad es que  no se con seguridad porque… al parecer hay dos personas adentro, dijo con una sonrisa amarga.

La casa de los hechos era de tamaño mediana, tenia un corredor con dos deshiladas hamacas descansando entre la quietud del ambiente, el piso era de tierra y el techo de tejas de barro, sus gruesas paredes de adobe estaban  pintadas con cal, la única  puerta de acceso echa de madera mostraba a gritos el paso de los años. Complementaban el paisaje un pozo artesanal, varios árboles de amate custodiando los alrededores y una escuálida quebrada que los lugareños llaman “Las Cañas”.

El clima en la zona era de por sí muy cálido  acrecentándose aun más por estos secos días de marzo.

Poco a poco los vecinos del lugar  empezaron a acercarse cautelosamente, me dirigí a una mujer de edad que parecía tener muchos años de vivir en la zona para hacerle algunas preguntas.

-¿Disculpe señora cual es su nombre?

-Carmen me llamo, me respondió en un tono bastante amable.

¿Vive usted cerca de aquí?

– Si joven ay nomasito y haciendo un gesto con su boca me señalo donde estaba su casa.

-¿Sabe  usted cuantas personas viven allí? señalándole el lugar de los hechos.

-Mire muchacho le bua decir porque hay que hablar lo que es, ellos son dos, pero el hombrecito casi no se dejaba ver, ella es la que se manteníya en la casa la mayor parte del tiempo, haciendo oficio, yendo al mercado,

– Muchas gracias por la información señora.

Rápidamente una jovencita se me acerco y con una sonrisa nerviosa me pregunto:

¿Usted es de los diarios vea?

– Así es señorita, ¿sabe usted algo de lo que ha ocurrido aquí?

-Fíjese que yo alcance a oír unos  gritos bien feyos por la noche, como a eso de las once y media, pero mi mama me dijo que me durmiera que no  saliera a ver qué pasaba porque podía ser peligroso.

– ¿Y usted conoce los nombres de sus vecinos?

– Ummm… no, porque ellos recién se habían venido a vivir allí y casi no platicaban con nadie, además esa casa estuvo sola bastante tiempo, más o menos como tres años, desde lo del “accidente” del finado don Chabelo.

-Cuénteme y a ese señor ¿que le ocurrió?

-Mire el chambre que andaba en el caserío  es que se había desaparecido, a los días lo hallaron quebrada abajo unas señoras que van a lavar ropa. Dicen las malas lenguas que no tenia pelo, toditito se lo habían arrancado contó mi mama.

– Ya veo ¿cuál es su nombre?, Blanca, Blanca Pérez, me respondió maliciosamente.

– Gracias por todo Blanca.

La gente empezó a murmurar unas con otras, sacando sus propias conclusiones de lo sucedido, exagerando en  unas, proponiendo cosas extrañas en otras, sin embargo la realidad superaría a la ficción y de esto yo sería testigo fidedigna esa trágica madrugada.

Después de varios minutos el sargento salió de la vivienda junto con otros dos de sus compañeros, al irse acercando me fijé que una expresión desconcertante se dibujaba claramente en sus pálidos rostros, este se dirigió al grupo de policías que acordonaban el lugar, los reunió hablándoles discretamente. Mientras lo escuchaban muy atentos, todos los agentes hicieron  un gesto de miedo y sorpresa al mismo tiempo, como si algo sorprendente hubiera ocurrido dentro de las húmedas y polvorientas paredes de aquella solitaria vivienda, luego se acercó al grupo de personas del lugar, dio un “buenos días” y pidió de favor se retiraran a sus casas en un tono bastante molesto. .

-Me dirigí a el presentándome:

-Buenos días sargento soy de la prensa.

-Si lo se, ya nos hemos visto anteriormente en otros casos cipote.

El calor sofocante del lugar hacia correr el sudor por nuestras frentes, el sargento saco una botella con agua del carro patrulla, bebió un sorbo y  exclamo: ¡Ahhhh!… que sed tenía y continúo diciendo:

-¡Que increíble! de veras ¡que increíble! es el caso mas extraño con el que me he topado en mis diez años al servicio de la institución policial; he visto muertos de todas las formas, tamaños y colores, pero esto me ha helado la sangre amigo, el radio comunicador del patrulla sonó y este lo contesto diciendo:

-Manden una ambulancia aquí al caserío Las Auroras, tenemos una persona en estado de shock y otra fallecida, que se vengan “pero ya” cambio y fuera.

-Mira cipote no podes entrar todavía pero si queres saber algo pregúntame ahorita porque después no voy a hablar,

-Bueno… me parece, dije. Por mi cabeza pasaron los más inverosímiles sucesos que a una mente de periodista se le puede ocurrir, saque  mi libreta y empecé a anotar.

-Según escuche es una persona fallecida sargento

-Correcto, es una mujer de aproximadamente unos veintidós años.

-¿Como fue asesinada?

-Este… mire…como le explico, la mujer murió ahorcada, esta colgada de una viga del techo de la casa, la lengua como es común en este tipo de muertes se le sale al difunto,  en este caso  le llega hasta el cuello, es tremendo ver eso cipote.

Un agente se acerco y le comento algo al oído, el sargento le respondió:

-Decile a Joaquín que se valla a sentar debajo de ese amate que ya le va a pasar el susto.

-Es que este es nuevo, hace como dos semanas que entro y nunca ha visto cosas así.

-Si, si comprendo sargento.

-¿Parece ser que hay otra persona mas dentro de la vivienda?

-Ha ¡pues si!, me dijo

-Pero no puede hablar mucho el jodido, ni le aconsejo que trate de preguntarle algo porque se pone como el diablo, cuando venimos había un gran silencio, ni los gallos cantaban,  observamos desde lejos que  la puerta estaba medio abierta, caminamos y entramos cautelosamente, adentro estaba bien oscuro solamente un candil iluminaba la casa había un mal olor que  era insoportable, repentinamente se quito, luego encendimos nuestras lámparas y vimos que estaba todo en desorden como si hubiese habido una gran pelea, alumbramos las paredes y el techo, ahí nos dimos cuenta de la fallecida, después nos dirigimos a revisar los cuartos, al alumbrar  encontramos que en una esquina se hallaba un hombre sentado en el suelo con los brazos abrazando sus rodillas, se balanceaba de atrás hacia adelante, lo mas impresionante era que estaba sin ropa y todo arañado del cuerpo, miraba al suelo fijamente pero sin ver algo especifico, me le acerque prudentemente y le pregunte: ¿Señor se encuentra usted bien? ¿Qué le ha ocurrido? ¿Quien hizo todo esto?, no me respondió… estaba en shock, me incline y lo sacudí en el hombro para que reaccionara y al tocarlo sentí su cuerpo caliente, estaba prendido en calentura, inmediatamente me miro a los ojos fijamente por unos segundos, luego se rió a grandes carcajadas, de repente callo, su cara cambio bruscamente, se veía angustiado, desubicado, le costaba hablar pero logro decirme entre balbuceos quien había sido el responsable de todo.

¿Y sabe usted que me respondió?

-No, pues no me imagino.

-¡La Siguanaba!, exclamó el sargento con sus ojos bien abiertos  de puro asombro.

¿El que? ¿Cómo dice?

-Si así como lo oye, la Siguanaba fue, dijo el desgraciado, ¡y no me va a creer!, se volvió a tirar otra gran carcajada,   después de eso se levanto y  se me vino encima, trato de estrangularme el hijue… ¡menos mal que es más chiquitillo que yo! y me lo pude safar. Con ayuda de los otros compañeros logramos dominarlo, pero aquí es donde viene la parte asombrosa de la historia: cuando lo estaba esposando le vi algo raro en la espalda eran pedazos de uñas negras que tenia incrustadas en varias partes del cuerpo, mírelas para que no diga que soy mentiroso. Enseguida del bolsillo de la camisa saco varias de ellas, ¡parecían de algún animal! Un escalofrío me recorrió por completo.

El sol empezaba a despuntar en el horizonte, el día se avecinaba para traernos luz y tranquilidad a nuestras frágiles y atemorizadas vidas, sin embargo antes de esto, de entre los matorrales quebrada abajo, de entre el misterio de la muerte y las sombras, una fuerte y grotesca carcajada surgió sorpresivamente, todos la escuchamos: policías, lugareños, así como el sobreviviente que en ese momento ya se encontraba fuera de la vivienda, nadie dijo nada, una anciana se persigno y tomo entre sus brazos a un niño que estaba cerca de ella, los perros de los alrededores  ladraron y aullaron desesperadamente, los gallos cantaron al unísono,  una brisa repentina solo visible entre las ramas de los amates inundo el lugar con un nauseabundo y extraño olor.

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