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Lunes , 21 Agosto 2017
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(A propósito de Esencia y valor de la democracia de Hans Kelsen)

Luis Armando González

1. Introducción

La antipolítica –el rechazo acerbo a la política, unhealthy por considerarla espacio de bajezas e inmoralidad— tiene dos frentes de ataque: los partidos políticos y los parlamentos (o las Asambleas Legislativas). Cualquiera pensaría, a juzgar por las arremetidas recientes por parte de algunos sectores mediáticos y analistas de derecha, que la antipolítica es algo reciente, pero no: tiene un largo antecedente que se puede rastrear hasta las primeras dos décadas del siglo XX.  En efecto, en los años 20, vio la luz el libro de Hans Kelsen  (1881-1973) Esencia y valor de la democracia (1920), en el cual este autor plantea una interesante crítica al antipartidismo y antiparlamentismo vigentes en esa época.

Antes de reseñar las tesis básicas de ese texto, conviene llamar la atención acerca de la descalificación que pudieran hacer algunos “kelsenianos” u otros  “estudiosos” de las ideas políticas en el sentido de ubicar ese libro de Kelsen en un momento de su trayectoria de “menor madurez”, lo cual restaría peso a sus tesis.

Desde el siglo XX se establecieron, de parte de algunos estudiosos, criterios de división en las trayectorias y obras de determinados autores. Dos de estos autores se pueden citar como ejemplos: Karl Marx y Ludwig Wittgenstein. En el caso del primero, se estableció –gracias a Louis Althusser—  la distinción entre el “joven Marx” y el “viejo Marx”. En el caso del segundo, algunos especialistas en filosofía del lenguaje establecieron la distinción entre el “primer Wittgenstein” y el “segundo Wittgenstein”.

Quienes procedieron a esta división (tanto en Marx como en Wittgenstein) tenían en lo esencial dos motivos: Althusser quería privilegiar al “Marx maduro” o “científico”, en contraposición al “Marx joven” o “humanista” (no científico). Este esfuerzo pronto se vio cuestionado desde distintos flancos, por su arbitrariedad y poco sostén teórico-filosófico: muchos de los motivos del Marx joven se concretaban en el Marx viejo, siendo evidente una continuidad en la obra del filósofo alemán. Era insostenible, pues, privilegiar una parte de la obra y trayectoria de Marx en detrimento de la otra (considerada inferior e incluso descartable). Lo único que esa decisión reflejaba eran los prejuicios e intereses ideológico-políticos del propio Althusser, y no una debilidad de la obra juvenil de Marx, rica en elaboraciones teóricas y filosóficas.

En el otro ejemplo, la separación entre el “primer” y “segundo” Wittgenstein tenía que ver con las diferencias sustantivas existentes entre el Tractatus logico-philosophicus (1922) y el Cuaderno azul y marrón (1933-1935) y las Investigaciones filosóficas (1953). Si la primera obra constituye un aporte fundamental al positivismo lógico, las segundas sitúan a su autor en el horizonte de los “juegos del lenguaje”.  Aunque entre quienes defendieron la tesis de los dos Wittgenstein no dejaba de estar presente la tentación de destacar la “superioridad” del “segundo” sobre el “primero”, lo más relevante era marcar un trazo analítico entre los aportes filosóficos de una y otra etapa. También aquí, con el paso del tiempo, ha dejado de aceptarse esa pretendida superioridad: en ambos momentos, Wittgenstein dejó su marca en la historia de la filosofía, en particular en la filosofía del lenguaje. Y para comprender esa historia en el siglo XX es inevitable estudiar a los dos Wittgenstein.

En fin, la práctica de deslegitimar una determinada obra o conjunto de obras porque se ubican en una fase “temprana” en la trayectoria de un autor (o, lo que es menos frecuente, porque se ubica en una atapa “madura”), no goza de mayor aceptación en la actualidad. Ni siquiera cuando el propio autor la descalifica o reniega de ella, una obra pierde valor o importancia. Viene a cuento, aquí, el caso de Franz Kafka quien dejó, como última voluntad, la orden de destruir sus manuscritos, lo cual obviamente no se hizo. Sin el menor reparo de la crítica, esas obras se consideran suyas, pese a su oposición a que se conocieran.

Y es que, en definitiva, lo que da valor e importancia a una obra es su pertinencia para ayudar a entender problemas actuales (y la actualidad de una obra es distinta en cada situación histórica) o porque abre vías de reflexión (o de investigación) novedosas. Es decir, no es legítimo desde visiones académicas serias, restar valor o importancia al aporte de un autor sólo porque se considera que esa contribución es de una etapa temprana de su evolución intelectual. Después de todo, en el plano intelectual, es arbitrario establecer criterios de “etapa temprana” o  “madura”. Lo que tal pretensión oculta es el interés de algunos “estudiosos” (o simples comentaristas) posteriores por excluir de un autor aquello que no les satisface. Pero no hay razones de peso para esa mutilación.

No hay razones de peso que avalen la priorización de una obra sobre otra, considerándola mejor o la plena expresión de lo que un autor dijo o quiso decir sobre tal o cual asunto.

Es un abuso proceder a tales mutilaciones. Es engreimiento y soberbia. Y es que una obra –un texto—sólo está respaldado por su propia consistencia (o inconsistencia) interna y por su pertinencia y actualidad. No puede ser descartado o minusvalorado (o sobrevalorado) por su ubicación en la trayectoria personal de su autor. Vale lo que vale por lo que dice o no dice a sus lectores en cada situación histórica concreta.

2. Esencia y valor de la democracia: tesis principales

Dicho lo anterior, el libro Esencia y valor de la democracia es una obra de Hans Kelsen igual de legítima que cualquiera que sus otras obras, no importa lo que dijera el mismo sobre ello o lo que digan (o puedan decir) comentaristas de segunda o tercera categoría.

Lo que importa de este libro son sus ideas sobre los partidos políticos y el parlamento. No son ideas mejores o peores que otras que él mismo haya sostenido antes o después; son simplemente las ideas que plasmó en ese escrito en particular, es cierto que en un momento histórico determinado), pero que trascienden esa época: son pertinentes y actuales en unas circunstancias en las cuales hay un clima antipartidos y antiparlamento ciertamente preocupante. Bien visto, lo que hace interesantes las ideas planteadas en Esencia y valor de la democracia no es que las planteara Kelsen –una idea no es interesante porque la exponga tal o cual autor: hay ideas absurdas propuestas por autores respetables— sino que son pertinentes y actuales.

2.1. Participación política

Uno de los problemas centrales abordados en este texto es de la participación política de los ciudadanos en una democracia. O, como dice Kelsen, la participación del individuo en la formación de la voluntad colectiva, que es el contenido de los derechos políticos. Se trata, nos dice, de una parte de la vida de las personas, no de toda su vida:

“el hombre nunca pertenece en su totalidad, o sea en todas sus funciones y actividades espirituales y físicas, a la colectividad social, ni siquiera al Estado, que es quien más puede absorberle, y mucho menos a un Estado cuya forma se inspire en el ideal de la libertad. Siempre son solamente muy determinadas las manifestaciones del individuo afectadas por la ordenación política, y siempre ha de quedar fuera de ésta una parte más o menos grande la vida humana, permaneciendo, por consiguiente, exenta del Estado una determinada esfera del individuo” (p. 31).

No puede aceptarse, en un Estado inspirado en el ideal de libertad, una supuesta “pertenencia” del individuo al Estado, pues existe –y debe reivindicarse— una esfera del individuo exenta del Estado: su vida privada. Y esa vida privada, que es “una parte más o menos grande de la vida humana”, no puede ser constreñida por nada ni nadie apelando a condicionamientos laborales (ser, por ejemplo, empleado estatal) o de otro tipo.

Dicho lo anterior, es innegable que una de las claves de la democracia es la participación de los individuos en la formación de la voluntad colectiva, participación en la cual –como ya se dijo— se concretan sus derechos políticos. El término “pueblo” identifica –dice Kelsen— a los titulares de esos derechos políticos, pero el pueblo “representa, aun en una democracia radical, sólo un pequeño sector de la totalidad de los sometidos a la ordenación política, o sea el pueblo como objeto de poder. Ciertos límites naturales, como la edad, la capacidad mental y moral, se oponen a la generalización de los derechos políticos y restringen al pueblo en el sentido activo, en tanto que para el sentido pasivo no existe restricción alguna” (p. 33). No todo el pueblo, pues, está llamado a participar en la formación de la voluntad colectiva en una democracia; sí, todo el pueblo está sometido al ordenamiento político establecido. “Es característico –añade nuestro autor— que en la ideología democrática quepan las mayores restricciones del pueblo como conjunto de los partícipes del poder” (p. 33).

De hecho, la concreción histórica de la ideología democrática ha exigido vencer muchas de esas restricciones, de tal suerte que el papel del pueblo como “partícipe del poder” sea cada vez más amplio. Diversas medidas y fórmulas se han elaborado y puesto en práctica en distintos momentos y situaciones: inclusión política de las mujeres (lo cual supuso una importante conquista democrática), eliminación de requisitos sociales y económicos, reducción del límite de edad para ser el ejercicio de los derechos políticos, introducción de mecanismos de consulta popular como referéndums y plebiscitos, etc. Cada país ha diseñado los esquemas de ampliación de la participación política del demos más convenientes para su propia realidad, con lo cual la democracia se ha enriquecido y profundizado.

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